Momento Espírita
Curitiba, 23 de Junho de 2017
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ícone El cielo que nos protege

¿Para dónde van los amores que parten para la Patria Espiritual, dejándonos una gran nostalgia en el alma?

¿Ellos seguirán cuidando de nosotros? ¿O, involucrados en otras tareas, se olvidarán de los amores que dejaron en la Tierra?

Ciertamente, muchos de nosotros nos preguntamos acerca de ello.

Pero Rose, embarazada de ocho meses estaba, en aquellos días, preparándose para recibir a su bebé. Y no había espacio en su mente para otra cosa.

El bebé tan esperado nacería pronto. Sin embargo, súbitamente él dio señales de problemas cardíacos.

La aprensión de los médicos inquietó aún más a la joven madre. Ellos le dijeron que las posibilidades de que su hijito viviera eran limitadas.

Durante las veinticuatro horas siguientes, los médicos y las enfermeras se mantuvieron en vigilia. Las condiciones del feto empeoraron y la opción fue inducir el parto.

Rose dio a luz a un niño y se quedó esperando los pronósticos. Observaba a las enfermeras que iban y venían, oía el sonido de las máquinas, sentía el olor a desinfectante.

Finalmente, dominada por el cansancio, ella se durmió.

El capellán del hospital fue llamado por el equipo médico, en vista de la preocupación por el pequeñito que podría morir en cualquier momento.

El sacerdote vino y, dentro de su creencia, pensó que lo mejor sería encomendar a Dios al niño, para que su Espíritu pudiese ser recibido por los ángeles, en la espiritualidad.

Y así lo hizo.

Mientras tanto, Rose tuvo un sueño. Su tío Patrick, fallecido hace muchos años, se le apareció.

Ella no consiguió captar detalles. Pero el rostro del tío, sereno, se quedó grabado en su memoria. También el mensaje de esperanza:

No te preocupes. Tu hijo estará bien. Todo saldrá bien.

Cuando Rose despertó, su corazón estaba apaciguado. Una gran serenidad la envolvía, pensando en la frase de aliento que había oído de su tío.

Entonces, ella vio al sacerdote y se quedó aterrorizada. ¿Su hijo habría muerto?

El sacerdote debe haber percibido su inquietud, pues le dijo con rapidez:

Hija mía, aférrate a la esperanza. Oré por tu hijo e incluso decidí bautizarlo. Como no sabía cómo llamarlo, lo llamé Patrick. Espero que no te importe.

Cuando ella estaba a punto de abrir su boca para relatar el sueño con su tío, un médico entró en la habitación y le informó que la situación del niño se había estabilizado.

¡Él deberá vencer la crisis! – Afirmó, optimista.

Rose suspiró aliviada. Fue a la sala de recién nacidos y miró a su bebé, durmiendo en la incubadora. El pequeño pecho subía y bajaba con el ritmo del corazón.

Ella puso su cara en el vidrio y susurró:

Patrick, hijo mío, todo saldrá bien.

*    *   *

La muerte no rompe los vínculos de afecto. Y, más de lo que imaginamos o tengamos conciencia, los seres queridos siguen protegiéndonos.

Muchos de ellos se convierten, con la aquiescencia Divina, en celosos protectores de sus amores.

Pensemos en eso e iluminemos la gran noche de la nostalgia enviando a los seres queridos nuestras oraciones de fortalecimiento, de gratitud, de ternura.

Redacción del Momento Espírita, basado en
historia del libro
Pequenos milagres, v. II, de
Yitta Halberstam y Judith Leventhal, ed. Sextante.
En 12.9.2016.

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