Momento Espírita
Curitiba, 18 de Dezembro de 2017
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ícone La Ley de Cooperación

La Espiritualidad Superior enseña que el aislamiento es contrario a la naturaleza humana.

Según ella, el hombre es instintivamente gregario por motivos providenciales.

Él necesita progresar y el progreso es siempre fruto de la colaboración de muchos.

Por regla general, el hombre busca la vida en sociedad por razones personales.

Ocurre que las criaturas poseen distintas habilidades y caracteres.

Mediante la convivencia, ellas aprovechan los talentos recíprocos y aprenden unas de otras.

Exactamente por esto, la fuerza de una sociedad proviene de la diversidad de sus integrantes.

Cuando la diversidad es valorizada, se obtiene un organismo social dinámico y eficiente.

Por el contrario, todo intento de uniformización, con intolerancia hacia lo diferente, implica debilitamiento.

Puede deducirse que está vigente en el ámbito humano una Ley General de Cooperación.

 Ella se presenta en los más variados contextos, desde los triviales hasta los sublimes.

Por ejemplo, Jesús se encarnó en la Tierra para enseñar y ejemplificar la vivencia del bien, de conformidad con los designios Divinos.

Aunque dotado de extrema sabiduría y pureza, aun así, buscó compañeros que Lo auxiliaran en la tarea.

Eligió doce Apóstoles, a los cuales suministró las más variadas enseñanzas.

Les orientó, los pulió y les amparó para que, a su debido tiempo, sustentasen la vivencia del Evangelio en el mundo.

Los Apóstoles eran distintos entre si.

Estaban los reflexivos, los exaltados, los emotivos y los prácticos.

Jesús a ninguno despreció. Antes bien, supo aprovechar sus diferentes habilidades para el éxito del trabajo evangélico.

Ciertamente, al actuar así, el Divino Maestro señaló la importancia de la cooperación y de la tolerancia.

Aunque dotado de poderes magnéticos desconocidos y de extraordinaria sabiduría, ni siquiera así quiso hacerlo todo solo. 

Supo dividir el peso de la tarea con hombres rudos y que no Lo comprendían bien.

Este elocuente ejemplo demanda detenida reflexión.

La vida en sociedad no siempre es fácil.

Entre personas con visiones y habilidades diversas, a veces surgen discusiones y malentendidos.

Lo que ocurre es que el bien pujante nunca es obra de un solo hombre.

Toda realización de importancia es siempre fruto del esfuerzo de incontables individuos involucrados.

Es preciso solamente ser tolerante para convivir con lo diferente.

A fin de que surja el mejor resultado, es importante aprender a considerar las opiniones divergentes.

No solo tolerarlas, sino valorarlas en lo que presenten de positivo.

Sin duda, es posible actuar solo en la lucha por un ideal.

Lo que ocurre es que, cuando varias manos se juntan, el bien se multiplica y se expande.

Piensa en eso.

Redacción del Momento Espírita.
En 10.8.2017.

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