Momento Espírita
Curitiba, 18 de Dezembro de 2017
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ícone Exploradores en los nuevos tiempos

  Cuando nos adentramos por la historia de los grandes descubrimientos marítimos, es natural que nos extasiemos. Los vikingos, con sus barcos largos y angostos, con líneas de remos en las laterales, una vela única, cuyo casco se deslizaba sobre las olas salvajes en vez de perforarlas, en una hazaña de la ingeniería náutica para driblar las tempestades del Norte.

Los fenicios con sus embarcaciones de dos o tres hileras de remos – birremes o trirremes – y hasta treinta y cinco metros de largo, reproducidas por griegos y romanos, que las usaron para dominar la navegación en el Mediterráneo.

Los navíos chinos, que llegaban a llevar doscientas toneladas de carga, que les permitía una autonomía de siete mil kilómetros, lo suficiente para cruzar el Atlántico sin atracar.

Las carabelas portuguesas, con sus velas triangulares que permitían navegar en dirección contraria al viento con mayor rapidez y seguridad.

Son admirables los fenicios, un pueblo con una población diminuta y de humilde ocupación territorial, alrededor de doscientos cincuenta kilómetros en la actual costa libanesa, con importantes ciudades como Tiro, Sidón y Biblos.

Sus colonias mediterráneas eran simples factorías que mal se adentraban en el continente. Habiendo sido tan pocos, es sorprendente lo mucho que realizaron.

Entre sus méritos náuticos están las rutas hasta Bretaña y el mar Báltico, cuando ningún otro pueblo ni siquiera soñaba llegar tan lejos.

Y la circunnavegación de África, más de dos mil años antes de Vasco da Gama. Todo esto lo hicieron sin el uso de mapas, contando solamente con la habilidad para construir sus navíos y navegar.

Hombres de coraje, de visión. Hombres que soñaban sin límites, que deseaban descubrir lo desconocido, lo inexplorado.

En la actualidad, vivimos la exploración espacial, ese conjunto de esfuerzos del hombre por estudiar el espacio y sus astros, haciendo uso de satélites artificiales, naves y sondas espaciales.

En algunas misiones, seres humanos se lanzan al espacio y se hace realidad una estación espacial internacional, cuya construcción fue concluida en 2011.

*   *   *

Descubrimientos, intrepidez, entusiasmo, son las marcas registradas de los navegantes de ayer, de los astronautas de hoy.

Hay, entretanto, un lugar para el cual todos deberíamos migrar, en verdadero papel de exploradores: la intimidad de nosotros mismos.

Este viaje nos llevaría al autodescubrimiento: ¿Quién somos?  ¿Qué tipo de seres somos: sencillos, sin adornos, amorosos?

¿O personas complejas, creadoras de problemas, generadoras de inquietud donde quiera que nos situemos?

¿Somos flores que engalanan el jardín de la vida, o zarzas que afean el paisaje y agreden a los que se aproximan?

Sí, es preciso coraje para navegar por las aguas turbulentas que conducen al mar de la intimidad de nosotros mismos.

Es preciso ser valiente para encarar los monstruos que se albergan, adormecidos, deseando despertar, hambrientos y atrevidos: celos, envidia, odio, ambición.

Las aguas territoriales que conducen al continente interior son, normalmente, atormentadoras.

Y, como nuevos argonautas, ya no en busca del vellocino de oro, sino de la realidad interior, el gran desafío es el descubrimiento de si mismo, es el reconocimiento de las propias virtudes y vicios, a fin de recibir los laureles de la victoria sobre si mismo.

Iniciemos el gran viaje hoy mismo al país del alma.

 Redacción del Momento Espírita.
En 11.9.2017.

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