Momento Espírita
Curitiba, 18 de Dezembro de 2017
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ícone Hijo de Dios

La expresión Hijo de Dios es muy utilizada en nuestro lenguaje cotidiano. Tan utilizada, que se desgastó.

¿Tenemos idea de lo que significa ser Hijo de Dios? ¿Nos sentimos hijos de Dios?

Primero, necesitamos entender de Quién o de Qué estamos hablando.

La palabra Dios designa la Inteligencia Suprema del Universo, la Causa Primaria de todas las cosas.

Dentro de todas estas cosas, estamos también nosotros, Espíritus, los seres inteligentes de la Creación.

 Esta Inteligencia, que llamamos Dios – y que otros llaman por diversos nombres – rige el Universo a través de leyes perfectas de amor y justicia. Nada sale de Su control. Todo es perfectamente administrado por Él.

Él también administra una obra de belleza inimaginable. Conocemos poquísimo de su exuberancia, y cuanto más la vamos descubriendo, más nos encantamos. ¡Cómo todo encaja, cómo todo funciona a la perfección, de lo micro a lo macro!

Todo tiene su función en la naturaleza, todo se encadena, se entrelaza, se interconecta. Es una verdadera obra de arte.

Ahora viene lo más interesante: formamos parte de esta obra de arte. Tenemos una función importante en la Creación.

Cuando el Codificador de la Doctrina Espírita, Allan Kardec, preguntó a los maestros de la Espiritualidad cuál es el objetivo de la encarnación de los Espíritus, esto es, por qué necesitamos vestir un cuerpo material y vincularnos a una vida física, recibió la siguiente respuesta:

Dios impone la encarnación a los espíritus, con el fin de hacerlos alcanzar la perfección. Para unos constituye una expiación, para otros, una misión. Pero, para alcanzar esa perfección deben sufrir todas las vicisitudes de la existencia corporal.

La encarnación tiene asimismo otra finalidad, consistente en poner al espíritu en condiciones de afrontar la parte que le cabe en la obra de la creación.

Ahí está: la parte que nos cabe en la obra de la Creación. Tenemos una parte en todo eso. Somos importantes, tenemos significado, precisamos existir.

Para aquellos que, a veces, nos sentimos insignificantes, pensemos: ¿se sentirá el Sol así? Él tiene una parte en la gran obra universal.

Pero, ¿qué es el Sol delante de los miles de millones de soles en el Universo? Para los que solo les gusta contar números, puede parecer insignificante.

En segundo lugar, precisamos entender que no somos partes del Creador ni Sus emanaciones.

Somos Su obra, somos hijos, somos independientes de Aquél que nos creó.

Llevamos en nuestro interior su firma, la firma del Gran Autor, que nos hace caminar inevitablemente rumbo a la felicidad.

Un padre está siempre próximo y presente en la vida de sus hijos. No podría ser distinto.

Lo que nos ocurre, es que no percibimos al Padre como podríamos hacerlo. Algunos llegan a decir que Él ni siquiera existe. Creamos esta aparente distancia por falta de sensibilidad, que precisa ser desarrollada.

Esta sensibilidad forma parte de nuestras conquistas morales, así como la amorosidad – amor al prójimo. Juntas van a construir una nueva virtud: la religiosidad.

La religiosidad nos dará la capacidad de percibir al Creador, percibiendo a nuestro prójimo y construyendo un lazo de amor entre nosotros, él y el Padre Mayor.

Redacción del Momento Espírita, con cita de la
pregunta 132, de
El libro de los Espíritus,
de Allan Kardec, ed. 18 de abril.
En 22.9.2017.

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