Momento Espírita
Curitiba, 18 de Dezembro de 2017
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ícone Nuestra soledad

¿Cómo aún podemos sentirnos solos en un mundo tan conectado, donde tenemos tanto acceso a la información, donde podemos comunicarnos con tanta facilidad unos con otros?

La respuesta es sencilla, a la vez que indigesta: la soledad tiene que ver con algo más profundo que la presencia de personas a nuestro lado, que el movimiento de la gente, que el estar o no conectado o acompañado.

La prueba de esto es que algunos pueden pasar mucho tiempo solos sin sentir soledad. Otros, a su vez, pueden tener cónyuge, hijos, contar con centenas de amigos en las redes sociales, pero sufrir de inmensa soledad.

Nietzche fue capaz de decir con todas sus letras: Mi soledad no tiene nada que ver con la presencia o la ausencia de personas.

La soledad patológica, que se instala como gigante del alma, tiene que ver con la distancia entre el ser y su esencia. Tiene que ver con el vacío que aún reina absoluto en nosotros.

Hay un inmenso espacio a llenar dentro de nosotros, un espacio que solo ahora estamos descubriendo. Un universo donde todavía reina el silencio – un silencio incómodo, que intentamos llenar con los ruidos del mundo.

Por esto hablamos tanto y oímos tan poco. Por esto buscamos tanto entretenimiento y tan poca cultura. Por esto apreciamos locales y músicas ruidosos. Todo ello nos aparta del silencio.

El silencio nos asusta. El silencio nos fuerza a oír los ecos del alma, nos fuerza a mirar hacia dentro, a encontrarnos.

Pero es justamente ahí donde está el camino para tratar la soledad. Tenemos que buscar nuestra esencia a través de dos grandes movimientos: amándonos a nosotros mismos y amando al prójimo.

La lección no es nueva. Todos ya hemos sido orientados, hace mucho tiempo, sobre este movimiento necesario en dirección al Creador: nosotros y nuestro prójimo en la dirección de Dios.

Conociéndonos, aceptándonos, podemos dar los primeros pasos rumbo al autoamor.

Autoperdón, disciplina, persistencia, son otros componentes importantes de este proceso que es largo, pero que necesita ser iniciado con urgencia.

Al mismo tiempo, el amor al prójimo nos va a mostrar otra forma de llenarnos interiormente. La lámpara que ilumina el camino de alguien, antes que nada, se ilumina a sí misma. 

Quien ama se siente pleno, quien ama se completa, quien ama nunca se siente solo.     

En lugar de querer la compañía de alguien, nos volvemos compañero del otro. En lugar de desear que satisfagan nuestras carencias, atendemos las carencias ajenas.

Quien es solidario, nunca estará solitario, nos dice con propiedad el Espíritu Joanna de Ângelis.

Estos dos amores primordiales, hacia nosotros y hacia nuestro prójimo, colocan al ser naturalmente en la dirección del amor hacia nuestro Creador.

Así, en fin, la persona que siempre ha estado abrazada por el Creador pero que nunca lo percibió, ahora lo abraza conscientemente y dice: No me siento más sólo.

*   *   *

No estamos solos, aunque nuestro corazón aún se sienta de esta forma.

El mundo tal vez no nos trate de la manera que desearíamos. Creamos expectativas que se frustran con frecuencia.

Aquellos que desean nuestro bien, están siempre a nuestro lado. Conversemos más con ellos. Paremos un poco, hagamos una oración, en cualquier lugar, cuando tengamos la voluntad, y no nos sentiremos más así.

Percibamos la vida pulsando a nuestro alrededor.

No estamos solos.

Redacción del Momento Espírita.
En 4.10.2017.

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