Momento Espírita
Curitiba, 14 de Outubro de 2019
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ícone El odio necesita acabar

Perdonar es sublime. De ello nos dio ejemplo Jesús, nuestro Maestro, en Su proceso arbitrario de juicio, flagelación y muerte.

Quien afirmó que se debía amar a los enemigos, no podría tener otra actitud.

Sin embargo, cuando el perdón nos remite a las cuestiones individuales, en general, reconocemos cuán difícil es seguir el ejemplo del Nazareno.

Nos parece imposible que ciertas cosas puedan ser perdonadas. Pero algunas personas lo hacen, con elevada dignidad. Como Eric Lomax.

Era un oficial británico, cuando se volvió prisionero en un lugar que 

quedó conocido como ferrocarril de la muerte.

Este ferrocarril conectaba Bangkok con Birmania, actual Myanmar. El proyecto era japonés, pero fue concretado por miles de prisioneros de guerra.

Se estima que ochenta y tres mil personas murieron mientras eran explotados durante la construcción del ferrocarril.

Fue allí donde Lomax conoció a Nagase Takashi, uno de sus torturadores, que también servía de intérprete.

Durante un año entero, los oficiales japoneses intentaron hacerle confesar ser colaborador de la resistencia, lo que no era verdad.

Lomax terminó con sus brazos y huesos de la cadera rotos, además de haber sido sometido a tácticas de ahogamiento.

Cuando regresó a su país, en 1945, después de tres años como prisionero, nadie le esperaba en el muelle. Una carta le informó que su madre había muerto y su padre había vuelto a casarse.

Él necesitó de un intenso trabajo terapéutico y de la ayuda de su esposa, para enfrentar el horror indecible de su trauma.

Cuarenta años después, aún sufriendo el síndrome del estrés postraumático, encontró al que identificaba como el principal responsable de su tortura.

Todavía resonaban en su mente las palabras insistentes: Confiesa, Lomax. Confiesa y no habrá más dolor.

De acuerdo con la esposa del británico, su intención, al marcar un encuentro con el japonés, era matarlo.

Los dos se reencontraron justamente en el ferrocarril que Lomax había sido forzado a ayudar a construir.

La imagen de la guerra que más atormentaba a Nagase, era la de un teniente inglés, cuya tortura había facilitado y creía que estaba muerto.

En cuanto observó a Eric, Takashi empezó a llorar y a pedir perdón, compulsivamente. Fue entonces cuando Lomax descubrió que, después de la guerra, su enemigo mortal había sido condenado y pasó a trabajar en la carretera, buscando cuerpos.

Sin embargo, no pudo desistir de inmediato de su venganza y reconciliarse con el que consideraba su enemigo mortal.

Algunas semanas después, en Hiroshima, el lugar más improbable de todos, Lomax concedió el perdón que necesitaba Nagase para vivir y morir en paz.

Terminaron convirtiéndose en amigos y en una carta, más adelante, Lomax le escribió: Algún día, el odio necesita acabar.

*    *    *

El perdón trae la paz. A veces, es un proceso que necesita tiempo.

Tiempo para que quien se considera la víctima pueda manejar el sentido de los dolores dentro de sí.

Tiempo para mirar al enemigo y darse cuenta de que él es un infeliz, que también necesita de paz.

Y, como el odio necesita acabar, se ofrece el perdón.

 Redacción del Momento Espírita, con base
en datos biográficos de Eric Lomax.
El 2.7.2019.

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