Momento Espírita
Curitiba, 25 de Fevereiro de 2020
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ícone Envejecer

Dicen que el tiempo es implacable. Llega a todo y a todos. Los edificios, los monumentos, necesitan cuidados constantes o muestran los resultados del descuido de los responsables: la pintura descascarada, el moho, las marcas negras de la lluvia.

Los árboles mismos, que envejecen riéndose, como escribió el poeta Olavo Bilac, necesitan podas prudentes, apoyo en sus raíces sobresalientes, para continuar vivos y hermosos.

Del mismo modo, el ser humano. Los días avanzan y rápidamente se suman a las semanas, meses y años.

El cabello se blanquea, la salud queda más o menos comprometida, el vigor físico disminuye, la memoria oscila entre los recuerdos de ayer y de ahora...

Envejecimiento. Todos los que no hemos muerto en los años verdes, envejecemos. Y eso es una bendición: vivir más años en la Tierra, con el objetivo de subir escalones en la montaña de la evolución.

Sin embargo, lo importante es tener en cuenta cómo envejecemos.

Algunos, cuando somos tocados por el tiempo, nos marchitamos, nos entregamos a una fase de descanso y ablandamiento.

Los años pesan, decimos. La juventud se fue hace mucho tiempo.

Sí, los años traen algunas consecuencias. Sin embargo, es importante tener en cuenta que aquellos de nosotros que simplemente admitimos que somos viejos, nos enfermamos, perdemos la alegría de vivir y nos permitimos morir, como alguien que no puede hacer nada más noble.

Otros, sin embargo, seguimos viviendo. Recordamos a una señora de 91 años que vivía sola en su piso en el corazón de una gran ciudad.

Ella hace todo el trabajo de la casa. Cocina e incluso se permite inventar nuevas recetas para sorprender a quienes la visitan.

De hecho, aquellos que quieran visitarla, deben llamar primero para saber a qué hora estará en casa. Y si estará.

Porque esa señora, que vio a sus hijos casarse y criar una familia, el fallecimiento de su marido, vive todos los días como si fuera el primero. También el último de su vida.

Disfruta cada hora. Y todavía aprecia lo bello, la armonía, lo bueno. No pierde un concierto de la Orquesta Sinfónica.

Está atenta a la agenda de espectáculos de la ciudad y se permite el éxtasis en cada uno de ellos.

Ella no se detiene porque está sola. Toma el autobús, incluso a otra ciudad, si corresponde. No se intimida.

Cuando recibe visitas, nada dice que sea desagradable. No menciona ningún problema de salud, la visita al médico, los exámenes a los que tuvo que someterse.

Absolutamente nada de eso. Su conversación gira en torno al espectáculo de balé al que asistió, lo emocionada que estaba con la escena de esta o aquella película.

Finalmente, habla de lo que leyó, de lo que vio, de la belleza de la música, del baile, de las buenas noticias.

Sí, visitarla es una clase de rejuvenecimiento. Porque ella contagia con su entusiasmo, con su disposición, con su independencia, a quien se le acerque.

Anciana, diremos. Ella responderá: todavía me quedan años y quiero vivirlos muy bien.

Ojalá, a medida que lleguemos a sus décadas, podamos preservar esa lucidez, esa gratitud con la vida, ese deseo de vivir.

Redacción del Momento Espírita
El 6.1.2020.

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