Momento Espírita
Curitiba, 17 de Maio de 2022
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ícone Recuerdos de la infancia

Mi abuelo, con sus siete décadas de vida, es un pozo de historias sin fin. Debería haber sido escritor.

Cuando nos ponemos a conversar sobre su vida, él aprecia recordar los años de su infancia de niño pobre, en el interior del Estado gaúcho (Rio Grande do Sul, en Brasil).

Cuenta cómo jugaba en la calle con otros niños hasta que la noche tragara totalmente el día y las lámparas de los postes disputaran sus luces con las de las estrellas.

Eran juegos con canicas, de rodar por un barranco tierra abajo, de apostar una carrera para saber quién era el más veloz.

Recuerda que uno de sus más apreciados juegos era subirse a un peral, en los fondos del patio de su casa y fingir ser un reportero de la radio local, informando las últimas noticias.

Noticias del niño que se lastimó la rodilla cuando se cayó de la bicicleta nueva, del otro que recibió un cochecito, de la victoria de su clase en el fútbol del día anterior.

Terminadas las vacaciones, cuando la profesora pedía una redacción de lo que cada uno había hecho en el período, la suya era siempre la más osada.

Lo llamaban mentiroso cuando la leía frente a la clase. Seguro, él argumentaba: Todo es verdad. Ustedes viajaron con sus padres, sus abuelos, en autobús, en coche, en avión.

Yo hice los viajes más largos e interesantes, sumergiendo la mente en los libros de la biblioteca pública. Viajé por Europa.

Fui a Japón. Escalé el Kilimanjaro, subí el Everest y nuestro Pico de la Bandera. Viajé con mi imaginación y fueron los recorridos más emocionantes.

Un día, él descubrió un video, en la internet, que muestra a niños angoleños presentándose en un espectáculo. El escenario es un terreno, con casas y árboles alrededor. Tres de ellos cantan frente a micrófonos, hechos con bambú y botellas.

Dos guitarristas con sus potentes instrumentos de los mismos materiales se empeñan en la ejecución de la melodía.

Otro niño toca el teclado, que no es más que un elaborado trozo de madera, que sus dedos ágiles activan como si existieran teclas. Lleva gafas de sol e imita los movimientos de un gran artista.

El baterista no es menos espectacular en su actuación. Dos palos imitan las baquetas que golpean, al ritmo de la música, en macetas de plástico de diferentes tamaños y altura.

Las niñas bailan en una coreografía interesante y bien ensayada.

Y todo está siendo grabado en una cámara, que tiene trípode y hasta una palanca para que pueda ser movida, de un lado a otro, para recoger los ángulos más interesantes.

El camarógrafo no se esmera poco, fijando un ángulo aquí, otro allí. Dando zoom.

¡Impresionante! Los mínimos detalles son observados mientras rueda la canción que habla de la llama que existe en cada alma.

Habla de almas encendidas y de almas apagadas, del Espíritu que trae el fuego capaz de encender la llama.

E invita a que cada uno encienda su propia llama y la lleve a la oscuridad a buscar los perdidos, los heridos, los sin esperanza.

Exhiba su llama, ilumine el mundo. - Es la invitación que la platea, entusiasmada, sentada en el suelo de tierra, aplaude y gesticula.

Eso llevó a mi abuelo a las lágrimas, que comentó: Mientras la infancia sueñe tan alto, hombres extraordinarios continuarán construyendo el mundo bueno, de paz, que todos deseamos.

Redacción del Momento Espírita
El 10.1.2022.

 

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