Momento Espírita
Curitiba, 23 de Julho de 2024
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ícone Regalos de Dios

¿Nos hemos dado cuenta de cómo, durante gran parte del día, o incluso la mayor parte de él, caminamos con una máscara de preocupación en la cara?

Cualquiera que nos vea a diario, podría incluso pensar que somos infelices.

Infelices porque necesitamos trabajar mucho, porque tenemos muchas cuentas que pagar, porque nuestros hijos nos piden más de lo que podemos darles, porque no nos sentimos realizados profesionalmente, porque no aprobamos el examen para el que estudiamos tanto.

Infelices porque la relación no resultó, porque se acerca la Navidad, estamos mal con nuestra familia y no sabemos cómo ni dónde pasaremos esos días en los que el mundo entero está de fiesta, sonriendo, bromeando e intercambiando regalos.

De hecho, somos muchos los que llevamos el peso del mundo a cuestas y vamos agachando hacia el suelo.

Sin embargo, deberíamos ejercitarnos en la Academia de Dios, levantando el rostro.

Si hiciéramos eso, podríamos percibir los rosales floreciendo en el jardín de nuestro vecino, unas avecitas recién salidas del nido, ensayando sus primeros vuelos, entre los arbustos.

Podríamos darnos cuenta de que el sol brilla y sentir el calor acariciándonos la cara. Simplemente sentirlo.

Ofrecer regalos, sin fecha fija, sin mirar el calendario, es propio de quien ama. Y nadie nos ama más que Dios, nuestro Padre.

Un Padre tan amoroso que, en la selva de piedra, hace brotar una diminuta flor en el pequeño agujero del muro envejecido. Sola, pero tan exuberante.

Está llena de color y se exhibe a todo el que pasa.

En el césped de la plaza, los pétalos caídos de los lapachos (ipês) crean acuarelas de belleza.

Mientras paseamos por la avenida de frondosos árboles, un suave viento agita las ramas y hace volar pequeñas hojas a nuestro paso.

¿Somos tan importantes que nos recibe una lluvia de confeti natural?

Sí, somos muy especiales. Hijos del Dueño del Universo. Hijos engendrados en la Luz y bendecidos cada día con el don de la vida, con la caricia del viento, el remolino de la tormenta, la composición artística de las nubes, el inmenso cielo azul y una noche de estrellas.

Todo esto está ahí, a nuestro alrededor. Sólo seguimos tristes porque no miramos más lejos, no levantamos la cara, no nos permitimos ver la belleza que nos rodea.

Sí, estamos en un mundo en el que, como aseveró Jesús, tendremos aflicciones.

Sin embargo, no sólo aflicciones. Para refrescar la canícula, Dios nos proporciona una ligera brisa.

Para calmar los dolores de nuestra alma, Él nos ofrece muchos regalos.

Como hacen los que aman, a cualquier hora que el corazón determine.

Hay tantos regalos y son tan constantes, que nos olvidamos de ser agradecidos, nos olvidamos de que Él existe y de que nos ama.

Cuando pensemos en eso, cuando empecemos a disfrutar de tantos regalos cada día, sentiremos que nuestro dolor será menos intenso, nuestras cargas menos pesadas.

Aprovechemos ahora mismo los regalos de Dios dando gracias por el don de la audición, que nos permite oír este mensaje.

El don de la visión, que nos permite ver las maravillas del cielo y de la Tierra.

El don de la vida. Regalos de Dios. Seamos agradecidos.

Redacción del Momento Espírita
El 27.9.2023.

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