Momento Espírita
Curitiba, 12 de Abril de 2024
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ícone El director

La postura de un director de orquesta suele ser la de un cuerpo erguido, con la columna alineada y los hombros encajados.

Los brazos por encima de la cintura y ligeramente arqueados, en una posición cómoda y flexible para la realización de los gestos.

Los movimientos de la mano derecha orientan a los instrumentistas en cuanto al compás y a la velocidad de ejecución, fundamentales para garantizar la cohesión de la orquesta.

La mano derecha es la de la batuta, la vara o bastón de mando que utiliza el director de orquesta. Cuando se mueve hacia arriba, indica a los músicos que se acerca el comienzo de un compás.

El movimiento también señala el carácter del sonido, haciéndolo, por ejemplo, más agitado, expresivo o suave. Para ello, puede dibujar pequeños o grandes arcos, de forma suave o agitada.

A su vez, la mano izquierda se mueve para complementar la orientación rítmica de la derecha. Señala a cada familia de instrumentos, las entradas y los cortes.

Cerrar la mano izquierda indica a los músicos que detengan suavemente la ejecución. Moverla rápidamente requiere un corte brusco.

La técnica de dirección es más o menos así.

Para los espectadores, observar al director de orquesta es un espectáculo único. Él llega al escenario, saluda al público, que le aplaude.

Entonces, se vuelve hacia la orquesta y comienza la magia. Con su varita mágica, dirige la actuación.

Su cuerpo se mueve al ritmo del compás.

Él menea la cabeza. Sus pies, a veces, se elevan, pareciendo querer abandonar el suelo, como si fuera un bailarín deseando volar.

Marca el ritmo, ordena a los instrumentos que entren, cada uno en el momento justo, en total armonía.

Entonces, mueve su cuerpo con delicadeza, como si estuviera bailando con su amada. Su mano izquierda se balancea, como en un gesto de enlace. Su rostro parece extasiado.

La batuta desciende y sube, delicadamente. Son los violines que entran, suavemente, en una melodía casi inaudible.

Luego los instrumentos de viento, vibrantes, la percusión...

Y él sigue, en frenético comando... O suavemente...

Los músicos siguen sus instrucciones con un único objetivo: traducir fielmente la inspiración de los compositores cuyas piezas interpretan.

Un violín gime solo, como en una mañana que desea despertar, ante las caricias del sol.

Y hay un diálogo entre el director y el primer violín.

Luego, en una cadencia romántica, la batuta convoca a todos los instrumentos.

Cuando uno asiste a un concierto, no sabe qué admirar más: la actuación del director, la interpretación de cada músico, la melodía que nos envuelve.

En cierto momento, él se vuelve hacia el público y con la batuta les ordena aplaudir al ritmo correcto. Los presentes adhieren, entusiasmados, sonriendo.

Formamos parte del espectáculo. Componemos una unidad: el público, los músicos, el director.

*   *   *

Qué extraordinario sería que lo hiciéramos en términos de la Humanidad.

Nuestro director de orquesta se llama Jesús. Su batuta es el Evangelio, que derrama amor mientras se eleva, vibrante, o desciende, delicado, comandando: Ama... Ama...

En medio de la agitación, el comando enérgico: Persevera.

En medio de las calumnias, establece: Adelante.

Y en medio de todo, repite y repite el mismo compás: Perdona...

Redacción del Momento Espírita
El 31.10.2023.
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