Muchas veces, al cruzar el umbral de una nueva existencia, el velo del olvido nos envuelve como un manto protector.
Miramos a nuestro alrededor y vemos rostros familiares, escuchamos voces que nos arrullan. También, en ocasiones, enfrentamos temperamentos que nos desafían.
Sin embargo, rara vez nos damos cuenta de la grandiosidad de la planificación que nos ha conducido hasta donde nos encontramos.
Nada, absolutamente nada en la economía divina sucede por casualidad. La cuna en la que despertamos, la familia que nos recibe, el suelo que pisamos y las circunstancias que nos rodean son piezas de un mosaico meticulosamente diseñado por el amor supremo.
Regresar al escenario de la carne es una oportunidad para rehacer caminos, pulir el alma y aprender a amar con la pureza que Cristo nos enseñó.
Para que ese aprendizaje sea legítimo, Dios nos concede el beneficio del olvido. Imaginemos si cargáramos, a cada instante, con el peso consciente de nuestras faltas de antaño.
El remordimiento sería una carga demasiado pesada, un ancla que nos mantendría sujetos al pasado, dificultando nuestras decisiones y acciones.
El olvido es la libertad que nos permite actuar con espontaneidad, permitiendo que nuestro yo de hoy construya una nueva historia, sin el constante martirio de la culpa.
Es verdad que regresamos a convivir con aquellos con quienes tenemos cuentas que ajustar. La familia, en este sentido, funciona como un hospital bendito, donde las enfermedades del orgullo y del egoísmo encuentran el remedio amargo, pero necesario, de la convivencia difícil.
Pero la Justicia Divina es, ante todo, equilibrio y misericordia.
Por eso, no renacemos únicamente entre adversarios o corazones heridos por nuestras acciones pasadas.
Junto a nosotros regresan también nuestros grandes amores. Espíritus que, en siglos pasados, entrelazaron sus luces con las nuestras.
Algunas de esas almas pidieron estar con nosotros, se ofrecieron voluntariamente para compartir el pan y el techo, a fin de ser nuestro punto de apoyo cuando sintamos que nuestras fuerzas comienzan a menguar.
Percibamos que, entre los desafíos de la vida cotidiana, existen esas columnas de sustentación. Puede ser el padre que ofrece el consejo prudente, la madre cuyo abrazo tiene el poder de sanar cualquier herida, el hermano confidente de las horas inciertas, que vibra en la misma frecuencia de nuestra alma.
Esos amores son las manos invisibles de Dios que nos sostienen durante la jornada.
Son el descanso en medio de la tempestad. Son quienes contemplan nuestra esencia, más allá de nuestros errores y de nuestras limitaciones temporales.
Son esos afectos los que nos ayudan a ascender, peldaño a peldaño, por la escalera de la perfección, transformando el penoso rescate en un camino de aprendizaje compartido.
La familia es un punto de encuentro de almas que, entre sonrisas y lágrimas, tejen la red de protección que nos mantiene en pie.
Es la prueba de que el amor es la fuerza que todo lo vence y de que nadie, absolutamente nadie, camina solo.
Que sepamos honrar esos encuentros, comprendiendo que en los brazos de quienes nos aman encontramos el valor necesario para vencernos a nosotros mismos y transformar nuestra permanencia en la Tierra en una victoria.
Redacción de Momento Espírita
Traducido por el Grupo
Momento Espírita de Colombia
El 28.7.2026