El pesimismo es una característica muy evidente en la Tierra.
Muchos llegan incluso a cultivarlo con ansiedade.
Estas personas están siempre dispuestas a ver un anuncio de tragedia en cualquier noticia.
Habitualmente, se aferran a los aspectos negativos de todo cuanto llega a su conocimiento.
En la música, prestan atención a los ritmos y corrientes menos alentadores.
Creen que toda crisis está destinada a agravarse.
Ven en la humanidad una maldad que no deja de crecer.
Con esa actitud, lentamente se hunden en la amargura y la tristeza. Dejan de cultivar la esperanza. Su palabra es la del desaliento.
Parecen considerar que ser mensajeros de la desgracia es una señal de sofisticación e inteligencia.
El Apóstol de los gentiles, Pablo de Tarso, en su Segunda Epístola a los Corintios, escribió acerca de esa tendencia humana.
Dejó registrado que la tristeza según Dios produce arrepentimiento para salvación, del cual no hay que arrepentirse. Pero la tristeza del mundo produce la muerte.
Como puede observarse en esa advertencia, existen dos clases de tristeza.
La primera es una tristeza según Dios. La segunda es una tristeza según la Tierra.
La primera conduce a resolver los problemas relacionados con la verdadera vida.
La segunda es un camino hacia la muerte, como símbolo de estancamiento y de desviación de los sentimientos.
La tristeza según la Tierra está presente en todos aquellos que consideran la lamentación constante como una virtud.
Habita en quienes cultivan la desesperanza y el tedio permanente.
En quienes se niegan obstinadamente a ver el lado positivo de las cosas.
Para esas personas, cualquier pequeño problema produce desánimo.
Están tristes por la falta de dinero que les permita vivir con los lujos que desean.
Se atormentan porque no logran imponerse sobre sus adversarios.
Se lamentan por la imposibilidad de satisfacer su vanidad con los brillos del mundo.
Son personas adictas a la queja enfermiza, incapaces de encontrar placer en los pequeños acontecimientos de la vida.
Esa es la tristeza del mundo, la que mantiene al Espíritu preso en la red de reencarnaciones correctivas y dolorosas.
Sin embargo, son pocos los hombres que llegan a comprender la tristeza según Dios.
Muy pocos se contemplan a sí mismos, considerando la magnitud de las faltas que les corresponden.
Poquísimos reflexionan con tristeza sobre la posición inferior en la que aún se encuentran, dentro de la larga marcha hacia la reconstrucción de la vida.
Ciertamente, ese análisis sincero produce incomodidad porque de él surge claramente la necesidad de rectificar el camino individual.
Hace que el ser humano reconozca la necesidad de perdonar, de comprender y de servir.
Quien avanza por ese camino redentor, en ocasiones llora.
Pero jamás llega al plano del sollozo enfermizo y de la inutilidad.
Después de todo, sabe reajustarse, valiéndose del tiempo y de su propio esfuerzo para construir un nuevo destino.
Pensemos en ello.
Redacción de Momento Espírita, con base en el cap. 130
del libro Camino, Verdad y Vida, por el Espíritu Emmanuel,
psicografía de Francisco Cândido Xavier, ed. FEB.
Traducido por el Grupo Momento Espírita de Colombia
El 28.7.2026