Las hermosas catedrales europeas son, sin duda, un gran legado arquitectónico para la humanidad.
Se elevaron hacia el cielo, superando los desafíos tecnológicos y las capacidades constructivas de una época que no contaba con los conocimientos actuales de la Ingeniería Civil, ni con la ayuda de cálculos matemáticos precisos, ni con computadoras o cualquier otro recurso tecnológico.
Sus inmensas torres rasgando el cielo, sus muros labrados en piedra y sus vitrales filtrando en colores los rayos del sol que los atraviesan las convierten en una belleza incomparable dentro del paisaje de las antiguas ciudades.
Pero, en todas ellas, si se intenta descubrir quiénes fueron sus constructores, se encuentran enormes dificultades. Estas edificaciones requerían siglos para ser concluidas. Y el trabajo de muchos, que dedicaban toda su vida a levantarlas, se perdía con el paso del tiempo.
Los sacrificios realizados para que esas inmensas naves fueran erigidas, desafiando los siglos con su majestuosidad y belleza, se perdieron en la historia.
Como la construcción duraba más que una vida humana, eran las vidas de muchos las que se sumaban para que esos templos tomaran forma, en un trabajo anónimo y desconocido.
No es diferente de lo que ocurre con nosotros en nuestro caminar. Muchos de nuestros sacrificios y esfuerzos pasan inadvertidos para todos.
Pocos se dan cuenta del trabajo anónimo de la madre en el hogar, preparando los alimentos, remendando la ropa, cosiendo un botón o planchando una camisa para que sus hijos y su esposo se presenten impecables.
Nadie percibe cuántas veces una persona guarda silencio para evitar que una discusión alcance proporciones indeseables. O cuando permanece despierta hasta altas horas de la noche velando el sueño de un enfermo.
También quedan perdidas en el anonimato las buenas acciones, como cuando, aun sin disponer de tiempo, nos detenemos para escuchar a alguien, cedemos nuestro lugar a otra persona en una fila o realizamos un favor que nos ha sido solicitado.
Pocos valoran las largas horas de trabajo del profesor corrigiendo textos, analizando tareas y trasnochando, con el propósito de conocer más profundamente a sus alumnos, comprender sus mentes y sus almas, y colaborar mejor en su formación.
No obstante, Dios está viendo. Él percibe nuestras intenciones y comprende que todas esas acciones contribuyen a la construcción de nuestra catedral interior.
Por eso, jamás nos desanimemos por la falta de reconocimiento de la sociedad o de la familia frente a lo que hacemos.
Trabajemos y vivamos ofreciendo lo mejor de nosotros mismos, en nuestra vida familiar, en nuestras labores profesionales y en la convivencia con los demás.
Es verdad que, muchas veces, esperamos que alguien reconozca y valore lo que hacemos.
Pero, aunque eso no ocurra, nuestro trabajo nunca será anónimo.
Al fin y al cabo, es Dios quien cuida de nosotros y contempla cada una de nuestras acciones, el esfuerzo que realizamos para edificar la catedral de virtudes y de nobles valores en nuestro interior.
Como los constructores de antaño, toda una vida de sacrificio habrá válido la pena si pensamos que Dios siempre estará viendo lo que realizamos.
Redacción de Momento Espírita, con base
en un vídeo de Nicole Johnson.
Traducido por el Grupo Momento Espírita de Colombia
El 28.7.2026