Muy probablemente, usted pulsó algunos botones para escuchar este mensaje. Accesó a un sitio, a un enlace, utilizando la pantalla táctil. Subió el volumen, lo bajó.
Para ello, tuvo que utilizar un teléfono móvil, que también fue encendido mediante un botón. O quizá una computadora personal: la encendió, hizo clic aquí, clic allá y la abrió.
Observe cómo su vida está llena de botones.
¿Cuántos controles remotos? ¿Cuántos controles para abrir el portón, la puerta del automóvil, encender el aire acondicionado, activar o desactivar alarmas? Un botón para registrar la entrada en el reloj de control. Botones y más botones.
Todo se enciende y se apaga, se accesa o se desconecta por medio de ellos. Es una gran comodidad.
Todo, menos usted mismo.
¿Se ha dado cuenta de eso? Nosotros no tenemos botones. No poseemos esos sistemas y nunca los hemos tenido.
Somos otro tipo de máquina, otro tipo de sistema.
Sucede que nos hemos acostumbrado tanto al mundo del encender y apagar, al mundo del modo de espera, de los accesos rápidos para una cosa y otra, que muchos de nosotros hemos comenzado a tratarnos de la misma manera.
Estamos convencidos de que uno de nuestros grandes enemigos es la alarma de la mañana.
En otros tiempos era un reloj ruidoso sobre la mesa de noche, programado para despertarnos a la hora indicada. Una hora marcada por los compromisos, pero no por el cuerpo. ¿Nos hemos detenido a pensar en eso?
Incluso llegamos a inventar el radio reloj, que podía despertarnos con música o con una alarma que parecía una sirena de incendio, de tan estridente que era.
Muchos relojes y radios fueron destruidos por personas que se rebelaban contra aquella imposición del horario.
¿Por qué ocurría eso? Porque nuestro cuerpo no tiene botones, no es una máquina con circuitos y placas que pueda simplemente ser encendida a determinada hora y sentirse bien. Depende de muchos factores.
Comenzamos a tratarnos como si pudiéramos ser encendidos y apagados en cualquier momento.
Nos acostamos en la cama. Pulsamos el botón de apagar. A cierta hora, pulsamos el de encender y seguimos viviendo.
El cuerpo se cansa. Ocurre algo que nos amenaza. Pulsamos el botón del hambre, de la sed, del pequeño descanso. Y todo parece continuar funcionando normalmente.Sabemos que con nosotros no es así.
Nuestro cuerpo, íntimamente ligado a la mente y dirigido por el Espíritu, es mucho más complejo. Necesita ser respetado y tratado con mayor cuidado.
Necesitamos comprender cómo funcionamos. Necesitamos percibir nuestro propio ritmo y dejar de ser agresivos con nosotros mismos.
Lo ideal sería permitir que el cuerpo despertara sin el uso de recursos externos, ruidosos, que lo colocan en estado de alerta, como si estuviera preparándose para un peligro.
También sería ideal prepararlo para el sueño, disminuyendo el ritmo de manera gradual al llegar la noche, cuidando nuestros hábitos, aquello que vemos, aquello que leemos y aquello con lo que alimentamos nuestro cuerpo.
La oración será siempre un recurso valioso en esa preparación. No puede convertirse en un botón más, sino en una propuesta de higiene del alma, una transición sana y gradual entre los distintos momentos del día.
Pensemos en ello la próxima vez que pulsemos cualquier botón. ¿Cuáles de ellos nos hacen bien? ¿Cuáles nos están esclavizando poco a poco y haciéndonos dependientes de algo que, en realidad, no necesitamos?
Recordemos: no tenemos botones para reflexionar, pensar o sentir.
Pensemos en ello.
Redacción de Momento Espírita.
Traducido por el Grupo Momento Espírita de Colombia
El 28.7.2026