En abril de 2026, la misión Artemis II de la NASA llevó al ser humano más lejos de lo que jamás había llegado.
Ese viaje espacial superó el récord anterior, que pertenecía al Apollo 13 en 1970, y condujo a cuatro astronautas a más de cuatrocientos mil kilómetros de distancia de la superficie del planeta.
Y allí fuimos una vez más a explorar la Luna, a romper límites.
Y allí fuimos una vez más hacia afuera.
Las constataciones de los astronautas, cuando contemplan la imagen del planeta desde el espacio, continúan encantando. No logran expresar con palabras tanta belleza; les resulta difícil describir la emoción que sienten.
Perciben claramente que todos estamos juntos en una misma nave espacial flotando en el espacio.
Uno de ellos utilizó estas palabras: Ustedes nos ven aquí, en una nave espacial flotando en el espacio, pero curiosamente nosotros los estamos viendo a ustedes de la misma manera.
El planeta Tierra es una gran nave viajando velozmente por el espacio infinito.
Una estación de tratamiento, una escuela, un hospital, donde todos los que estamos aquí hemos sido invitados a realizar un gran viaje hacia nuestro interior.
No hay forma de evitar el camino del autodescubrimiento y del autoconocimiento.
No hablamos de ese autoconocimiento superficial que ha llevado a las personas a hablar únicamente de sí mismas, a volverse cada vez más individualistas y a conformarse con sus vicios morales.
No hablamos de la búsqueda del yo egoísta y vanidoso, que se hunde en cosméticos o medicamentos que prometen corregir excesos que nosotros mismos cometemos, ni del yo reflejado en el espejo que contempla un cuerpo bien moldeado mientras intenta compensar una alma triste.
El autoconocimiento es la búsqueda de nuestra esencia espiritual. Y una vez que nos descubrimos como Espíritus, todo cambia.
El Espíritu no es el cuerpo. El Espíritu viste un cuerpo temporalmente con un propósito determinado.
El Espíritu no muere; continúa viviendo.
El Espíritu ya ha aprendido antes y nunca deja de aprender.
Son muchas las consecuencias de verse a sí mismo como un ser espiritual viviendo una experiencia terrenal.
Cambian nuestras relaciones con las cosas del mundo. Cambian nuestras relaciones con las personas. Cambian nuestros valores.
¿Qué debemos colocar en primer lugar en la vida? ¿Cuáles son nuestras prioridades?
¿Cómo utilizamos nuestro tiempo?
¿Qué puede o no quitarnos el sueño? ¿Qué debe o no preocuparnos?
Somos astronautas en una misión a bordo de la nave planeta Tierra.
El cuerpo, la alimentación, la vivienda y los bienes materiales son instrumentos. Lo más importante está más allá de todo eso.
¿Cuál es tu misión, astronauta? ¿Ya te has detenido a pensarlo? O mejor aún, ¿cuáles son tus misiones?
Cada etapa de la vida nos reserva tareas y responsabilidades diferentes, en múltiples áreas.
Un astronauta que puede permanecer en esta nave durante cien o ciento diez años tiene mucho por hacer y puede aprovechar muy bien ese tiempo en cada fase de su existencia, sin que ninguna sea menos importante que otra.
Que después de nuestro tiempo aquí, podamos regresar a la Base Mayor o, quizás, aterrizar en paz sobre algún océano del plano espiritual, con una sonrisa en los ojos y diciendo:
¡Todo salió bien!
Redacción de Momento Espírita
Traducido por el Grupo Momento Espírita de Colombia
El 30.7.2026