Eran las nueve de la mañana cuando Lo crucificaron. Junto con Él, dos ladrones, uno a su derecha y otro a su izquierda, cumpliéndose así la Escritura que dice: Él fue contado entre los transgresores.
Los principales sacerdotes y los maestros de la ley se burlaban de Él, diciendo: Salvó a otros, pero no es capaz de salvarse a sí mismo.
Él murió alrededor de las tres de la tarde. Fue una agonía de seis horas, abreviada por el martirio de los azotes a los que había sido sometido, que le provocaron una gran pérdida de sangre.
Ni siquiera se le dio agua después de la cena del atardecer y comienzo de la noche del jueves.
Se encontraba tan agotado que los soldados, temiendo que no llegara con vida al Calvario, obligaron al hombre de Cirene a cargar la cruz.
Con frecuencia nos detenemos largamente en el Calvario, en el peso del madero y en el martirio físico de Jesús.
Continuamos mostrándoLo clavado en una cruz. Es justo que honremos Su sacrificio, pero también es importante contemplarla como un guion de luz que, verticalmente, une los cielos con la Tierra.
Y lo que más debemos destacar, como seguidores de Jesús, es Su gloriosa resurrección.
El mundo creyó que estaba silenciando la verdad. Lo que las autoridades de aquella época no comprendieron y lo que muchas veces nosotros todavía tardamos en entender, es que el Espíritu no puede ser clavado en una viga de madera.
Lo que murió en la cruz fue el envoltorio, la vestidura de carne que permitió al Maestro caminar entre nosotros.
Sin embargo, la esencia, aquella llama que Él llamaba Yo Soy, permaneció intacta.
El silencio del sepulcro no fue una derrota, sino el intervalo necesario para que se gestara la mayor lección de toda la historia humana: la prueba definitiva de que la vida es un flujo continuo que no se interrumpe con el cese de los latidos del corazón.
La mañana de la resurrección otorga el testimonio irrevocable de la victoria de Jesús sobre la muerte. Al resurgir, Él transforma su naturaleza, convirtiéndola de un abismo en un puente.
El Cristo resucitado es la prueba viva de que la biología no tiene la última palabra sobre nuestra existencia.
Él aparece con un cuerpo transformado, glorioso, que conserva las marcas de su paso por la Tierra, pero que ya no es esclavo de las leyes de la materia.
Y todo es tan grandioso en la resurrección, que los relatos cuentan que se apareció a los peregrinos que se dirigían a Emaús, caminó con ellos, entró en la posada y repartió el pan, momento en el cual ellos Lo reconocieron.
Estuvo dos veces en el cenáculo; apareció también en la playa, a orillas del mar de Tiberíades, donde fue visto por siete de Sus apóstoles.
La resurrección de Jesús es el argumento definitivo contra la desesperación.
Ella nos dice que somos seres espirituales viviendo, simplemente, una experiencia humana. Jesús venció a la muerte para que pudiéramos comprender que nuestra verdadera patria no está hecha de polvo, sino de luz.
La gloria de aquel domingo es el sol que nunca se pone en el alma de quien cree.
La muerte murió aquella mañana. Lo que permanece es la certeza de que la vida es inmortal, vigorosa y soberana.
Jesús testimonió con Su propio ser que, así como Él venció al mundo y a la muerte, nosotros también estamos destinados a la gloria de la vida sin fin.
Redacción de Momento Espírita
Traducido por el Grupo Momento Espírita de Colombia
El 30.7.2026