El 23 de noviembre de 1793, en un discurso pronunciado en la catedral de Notre Dame, en pleno corazón de París, ante numerosas personas, un científico proclamó la innecesariedad de Dios.
Algunos pensadores creían, en aquellos días, que Dios era totalmente prescindible. Para la humanidad bastaban la razón y el sentido común para que todo pudiera explicarse de manera satisfactoria.
Y, como la osadía del hombre parecía no tener límites, se ordenó borrar todos los signos de Dios, que se consideraban representados por los templos religiosos.
Una tarde, cuando los destructores llegaron para derribar las paredes de una de las iglesias, se encontraron con el anciano jardinero que cuidaba las flores.
Al verlos llegar, preguntó con curiosidad por qué estaban allí con tantas herramientas.
Uno de los hombres le respondió con arrogancia: Hemos venido a borrar, de una vez por todas, las señales de Dios de la faz de la Tierra.
El jardinero miró al grupo con asombro y preguntó: ¿Y dónde están las escaleras?
El joven, intrigado, replicó: ¿Para qué necesitamos escaleras?
La respuesta fue sabia: Si quieren borrar las señales de Dios, necesitarán una escalera. Y una escalera muy alta, para poder apagar las estrellas.
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Muchos hombres, cuando ingresan al campo de las ciencias sin comprenderlas en profundidad, se vuelven ateos, porque creen haber descubierto todos los misterios del Universo.
Aquellos que profundizan en las ciencias con humildad y deseo sincero de comprender entienden los mecanismos que rigen la vida y reconocen la necesidad lógica de la existencia de una Inteligencia que piensa y coordina todo en el Universo.
Un reconocido biólogo escribió un libro extraordinario: El hombre no está solo. En esa obra, expone varias razones por las cuales cree en Dios.
Una de ellas es el hecho de que la distancia entre el Sol y la Tierra esté matemáticamente calculada, algo que no podría ser obra del azar.
Si el Sol no estuviera a ciento cincuenta millones de kilómetros de la Tierra, sino a la mitad de esa distancia, no existiría posibilidad de vida, porque las altas temperaturas lo destruirían todo.
Y si la distancia fuera un cincuenta por ciento mayor, la vida también sería imposible debido a la falta de luz y calor.
Si los meteoritos que caen diariamente no fueran desintegrados por la atmósfera, que tiene aproximadamente sesenta kilómetros de espesor, la vida en la Tierra sería imposible, pues los incendios harían arder todo.
Estos, entre muchos otros ejemplos, demuestran que todo está matemáticamente calculado.
Existe una Inteligencia Suprema detrás de cada fenómeno de la naturaleza. Y a esa Inteligencia la llamamos Dios.
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En la gran marcha progresiva de la humanidad, hubo un tiempo en que los científicos creían que el Universo era una gran máquina.
Después de profundas investigaciones en las áreas de la astrofísica, la biología, la embriogenia y otras disciplinas, los hombres llegaron a la conclusión de que el universo es un gran pensamiento.
No hay efecto sin causa. Busquemos la causa de todo aquello que no es obra del hombre, y la razón nos responderá.
El universo existe y tiene una causa. Dudar de esa causa, que es Dios, es admitir que existe un efecto sin causa y aceptar que la nada pudo hacer algo.
Pensemos en ello.
Redacción de Momento Espírita, con base en el ítem 4 de
El Libro de los Espíritus, de Allan Kardec, edición FEB.
Traducido por el Grupo Momento Espírita de Colombia
El 29.7.2026