Mi padre fue, para mí, un protector fidelísimo, mereciendo no solo elogio, sino una gratitud imperecedera.
Así es como el cirujano Hans Killian sintetiza el papel de su padre, Gustavo, en su vida.
Cuenta que desde muy temprana edad pudo disfrutar de una maravillosa libertad. Podía hacer casi todo lo que le agradara.
Habiendo demostrado inclinación por la música, comenzó a tomar clases de violín a los siete años. Cuando descubrió el mundo de los pinceles, decidió que sería pintor. Y se le proporcionaron materiales de la mejor calidad.
Más tarde, se sintió atraído por la Marina y comenzó a construir pequeños modelos de barcos. Su padre, de inmediato, preparó en el sótano de la casa un verdadero taller provisto de todo lo que él necesitara.
Sonriendo, observó cómo aquel lugar del pequeño constructor de barcos se transformaba en un criadero de mariposas, insectos de toda especie e incluso de numerosas plantas.
Ante esas inclinaciones que iban sucediéndose, los adultos opinaban sobre la profesión que Hans debería abrazar. Pintor, según su profesor de dibujo.
Un buen ingeniero, conforme su profesor de Física, mientras su madre lo incentivaba a continuar con su vivero.
Solamente su padre permanecía en silencio, confiante en que el tiempo ayudara a su hijo a inclinarse hacia aquello que debía ser su verdadera vocación.
Sin embargo, fue observando la devoción de su padre hacia la Medicina que Hans se decidió.
Provocando una verdadera revolución, en 1898, con la creación de un aparato innovador que permitía localizar y retirar cualquier cuerpo extraño del pulmón, la fama del doctor Gustavo había traspasado las fronteras de Alemania.
Casos considerados insolubles le eran enviados desde otros países. Y cuando logró extraer del pulmón el silbato que la pequeña argentina Corina había tragado, celebró en familia.
Se había encariñado con la niña y había hecho todo para salvarle la vida, que podría perecer si el objeto no le era retirado. Había atravesado días de profunda inquietud.
Después del éxito del procedimiento, a la hora del almuerzo, Corina y sus padres fueron a la casa del doctor Gustavo. La madre, esbelta y elegante, llevó un ramo de carísimas orquídeas, abrazó a la esposa y le ofreció las flores.
Después se volvió hacia el médico, tomó sus manos y las besó.
¡Dios bendiga estas manos milagrosas! -dijo, mientras las lágrimas deslizaban por su rostro.
El padre de la niña, menos efusivo, estrechó afectuosamente la mano del médico.
Corina fue la última en agradecer. Hizo una profunda reverencia y, tímidamente, murmuró: Muchas gracias, señor.
Fue en aquellos breves instantes cuando Hans sintió crecer dentro de sí el deseo de ser médico.
¿Qué otra profesión podría ofrecerle tan grandes posibilidades de ayudar y socorrer al prójimo?
Cuando comunicó a su padre su decisión, vio un brillo de alegría en sus ojos azules.
Comprendió que satisfacía uno de sus deseos más queridos, jamás expresado para no influir en su elección.
Era el deseo del padre verlo abrazar la Medicina, pero nunca había opinado. Sabio, comprendía claramente que el hijo debía descubrir por sí mismo su vocación, su pasión, su ideal de servir.
Redacción de Momento Espírita, con base en el cap. I, del libro Sob o olhar
de Deus (Memórias de um cirurgião), de Hans Killian, ed. Flamboyant.
Traducido por el Grupo Momento Espírita de Colombia
El 29.7.2026