Momento Espírita
Curitiba, 04 de Agosto de 2026
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ícone La emancipación del tempo

En las vastas tierras de Capadocia, donde el viento dibuja formas místicas en las rocas y el cielo se tiñe de poesía, reside una de las más bellas lecciones de gratitud de la Tierra. Es la historia de sus caballos.

Durante años, esos animales de fuerza monumental entregan su sudor y su energía a los hombres. Tiran el arado, cargan pesados fardos, atraviesan valles bajo el sol calcinante y el frío riguroso.

Cuando la vejez llama a su puerta y sus patas ya no tienen la agilidad de antaño, la tradición local no les reserva el descarte ni el olvido. Los premia con la libertad.

Los caballos son devueltos a la naturaleza. Despojados de monturas y arreos, adquieren el derecho de correr libres por las llanuras, de pastar sin prisa y de contemplar el sol que se acuesta en el horizonte.

Es la poesía de la jubilación animal: el reconocimiento sagrado de que quien mucho ha servido merece el descanso.

Emancipados, estos caballos se vuelven completamente salvajes. Viven en manadas libres, corriendo por las llanuras, desiertos y montañas de la región.

Han desarrollado una resistencia física impresionante y un comportamiento de manada puramente salvaje.

Uno de los paseos más solicitados por quienes visitan la región consiste en realizar safaris fotográficos para registrar las nubes de polvo levantadas por cientos de caballos corriendo juntos al atardecer.

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Si el corazón humano es capaz de tamaña sensibilidad hacia los benefactores de cuatro patas, cuánto más debemos ejercitar esa misma reverencia hacia nuestros ancianos.

¿Cuántos hombres y mujeres entregaron la primavera y el verano de sus vidas para levantar las estructuras del mundo en que habitamos?

Trabajadores silenciosos que entregaron el sudor de sus frentes, el vigor de sus músculos y la lucidez de sus mentes para sustentar familias, educar hijos y hacer avanzar la sociedad.

Cuando esas almas queridas llegan al invierno de la existencia física, cuando los cabellos de plata dan testimonio del cansancio del cuerpo, no deberían encontrar la invisibilidad. La vejez debe ser para ellas el momento más luminoso de la jornada.

Su jubilación debe ser vista como una merecida carta de emancipación. El legítimo derecho de vivir bien, con la dignidad garantizada.

Disfrutar de la libertad de caminar despacio, sin que el reloj dicte las reglas. De gozar de la delicia de una puesta de sol sin la preocupación por el amanecer del trabajo.

Debe ser el tiempo bendito de viajar al encuentro de sus seres amados, de abrazar los afectos que el tiempo y la distancia alejaron.

Esta etapa debe ser una invitación al esparcimiento del alma. El momento de dedicarse a aquel arte guardado durante tanto tiempo en lo profundo del corazón.

Puede ser deslizando el pincel sobre el lienzo, descubriendo colores en la pintura, escribiendo memorias, cosiendo afectos o simplemente contemplando los bellos paisajes que la rutina, antaño, les impedía ver.

Quien ha trabajado honestamente durante décadas tiene el derecho soberano de ser feliz en la serenidad de sus últimos días.

Garantizarles un atardecer de paz es la prueba definitiva de la evolución moral de una sociedad.

Que podamos ofrecer a nuestros ancianos el respeto, el cariño y la libertad que les son debidos.

Redacción de Momento Espírita
Traducido por el Grupo Momento Espírita de Colombia
El 31.7.2026

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