¡Hola, papá! Yo, que un día fui un niño y que ahora soy un joven, casi un adulto, quisiera decirte lo que guarda mi corazón en este día tan especial.
Sé que hemos tenido algunos desacuerdos, pero créeme, papá: tú eres y siempre serás mi gran héroe.
¿Sabes, papá? Cuando observo tus manos fuertes, aunque marcadas por el paso del tiempo, pienso en cuánto significan para mí, pues fueron las primeras en acariciar las mías, inseguras en la infancia.
Cuando veo tus pasos firmes, no olvido que fueron ellos los que guiaron mis primeros pasos.
Cuando me pides que lea algunas palabras que tus ojos ya no alcanzan a distinguir con claridad, lo hago con cariño, porque no olvido las palabras que repetiste innumerables veces para que yo aprendiera a hablar.
Percibo que hoy tus decisiones son más lentas. Pero también sé que mis primeras decisiones fueron orientadas por las tuyas.
Tal vez ya no estés tan actualizado en las nuevas tecnologías, pero yo recuerdo que pensaste muy poco en ti mismo para hacer de mí una persona de bien.
Si hoy tu salud está un poco debilitada, sé que gran parte de ese desgaste fue para garantizar la mía. Y si ya no pronuncias correctamente alguna palabra, lo comprendo, porque te olvidaste de ti mismo para que yo pudiera cursar una universidad.
Si hoy tu memoria te falla, yo no olvido las tantas veces que saliste en mi defensa en las situaciones difíciles en las que me vi involucrado.
He crecido, papá. Ya no soy aquel niño indefenso, gracias a ti. Hoy la juventud llena de entusiasmo mis días... Pero no he olvidado mi infancia, mis primeros pasos, mis primeras palabras, mis primeras sonrisas.
Crea que todo permanece muy vivo en mi memoria, y sé que, en ese pecho cansado, sigue latiendo el mismo corazón amoroso de otros tiempos.
Es verdad que el tiempo ha pasado, pero casi no me di cuenta, porque siempre estuviste a mi lado, dispuesto a protegerme y a enseñarme.
¿Sabes, viejo? Aunque no tenga mucha facilidad para decir cosas bonitas, quiero decirte cuánto has sido importante en mi vida. Puede que ya no seas aquel joven fuerte en el cuerpo, pero hay en ti un aire de sabiduría que antes no existía.
Yo sé, papá, que, aunque el tiempo haya pasado, en tu pecho el corazón sigue latiendo con el mismo compás; que el afecto que cultivaste ahora florece en mi alma; que las emociones vividas todavía pueden sentirse como en los viejos tiempos...
Reconozco, padre mío, que, a pesar de los largos inviernos soportados, aún mantienes encendida la llama del amor y de la ternura por los seres que acunaste en la infancia.
Por todo eso, y por mucho más, quiero darte las gracias con todo mi corazón:
Por la amistad que me brindas; por mis defectos, que casi ni ves.
Por los valores que descubres en mí; por la fe que alimentas en mi alma.
Por esta paz que nos transmitimos; por este pan de amor que compartimos.
Por el silencio que dice casi todo; por esa mirada que me reprende sin palabras.
Por la pureza de tus sentimientos; por tu presencia en todos los momentos.
Por estar presente, incluso cuando estás ausente; por ser feliz cuando me ves contento.
Por entristecerte cuando me ves triste; por reír conmigo cuando me ves risueño.
Por corregirme cuando estoy equivocado; por guardar siempre mis secretos.
Por señalarme a Dios a cada instante; por ese amor siempre tan constante.
Redacción de Momento Espírita, con transcripción
final de un mensaje de autor desconocido.
Traducido por el Grupo Momento Espírita de Colombia
El 6.8.2026