Al mirar el horizonte, se percibía que el sol, señor del día, cedía su lugar al reinado de la luna.
Primero uno, luego otro, los vecinos comenzaban a sacar sus sillas al frente de sus hogares, en busca de una agradable conversación al final de la tarde.
Mientras los adultos conversaban sobre los más diversos asuntos, los niños jugaban en la calle.
Era como si, en aquella comunidad, todos formaran parte de una misma familia.
Sin embargo, un día ocurrió que uno de los vecinos llegó a casa cargando una gran caja de cartón.
Al anochecer, como era costumbre, todos se reunieron en las aceras para disfrutar de unas horas más de conversación.
Fue entonces cuando alguien, expresando la curiosidad de todos, le preguntó al vecino qué contenía aquel misterioso paquete.
Él reveló que, después de mucho ahorrar, su familia había comprado un televisor. Estaban ansiosos esperando el día siguiente, cuando un técnico iría a instalarlo correctamente.
Todo el vecindario quedó admirado. Aquel era el primer televisor que llegaba a esa calle.
Los días fueron pasando y aquel vecino, así como su familia, comenzó a aparecer cada vez menos en la alegre reunión entre amigos.
Al principio, asistían solo cada dos o tres días. Después, una vez por semana. Luego, una o dos veces al mes. Y, finalmente, dejaron de aparecer por completo.
Mientras todos conversaban alegremente, observaban a través de las ventanas a la familia del querido vecino, sentada junto a sus seres queridos, frente a aquella pantalla brillante.
El tiempo siguió transcurriendo. Poco después, otro vecino apareció con una gran caja de cartón en su casa. Luego otro. Y después, uno más.
Poco a poco, la rueda de conversación fue haciéndose cada vez más pequeña, hasta desaparecer por completo.
Los vecinos ya casi no se veían. Por las noches, se recogían frente a sus televisores, absortos en la programación, sumergidos en un distanciamiento sin límites.
*
Han pasado las décadas, pero la triste situación permanece.
Hoy, aunque vivimos en la era de Internet, que nos ofrece amplias posibilidades de comunicación, jamás hemos estado tan aislados.
Nunca ha sido tan grande el número de quienes se sienten solos, aun teniendo cientos de amigos en las redes sociales.
Frente a la soledad y al aislamiento, permanecen vigentes las enseñanzas eternas del Maestro: Amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a nosotros mismos.
Cambiemos, de vez en cuando, el frío contacto del ratón del computador por el cálido apretón de una mano amiga. Reemplacemos el frenético tecleo por los momentos felices de una conversación sincera.
Sustituyamos las salas de chat por una visita al parque, una cena agradable con los amigos, momentos de convivencia y alegría.
La gran lección que todos tenemos ante la oportunidad de la reencarnación es aprender a amar.
Y ese aprendizaje solo es posible en la relación con el otro: en los gestos de caridad y de perdón, en las palabras pronunciadas en un momento de ternura.
Cuando, finalmente, dejamos un poco de lado la comodidad y la practicidad de la vida virtual y vivimos intensamente aquello que nos hace reales y verdaderamente humanos, ejercitamos la capacidad de amar.
Pensemos en ello.
Redacción de Momento Espírita.
Traducido por el Grupo Momento Espírita de Colombia
El 14.8.2026