Donde haya odio, que yo lleve amor.
Increíble es el poder que tiene el antiamor, esa hidra a la que llamamos odio.
Comenzando por desnutrir y desmantelar el núcleo de quien lo porta, sigue, por el mundo, esparciendo sus miasmas y multiplicándose en el seno de muchas vidas, tornando amarga la existencia.
El individuo odioso, en relación con quienes lo rodean, es alguien que se encuentra empapado por el mismo odio que destila.
Es alguien que se odia a sí mismo y que, por eso, enferma.
Así, si deseamos erradicar el odio del mundo, el primer lugar donde debemos tratarlo y atenderlo es dentro de nosotros mismos.
Todas las acciones de odio que vemos gritando por el mundo, haciendo víctimas, causando dolor y revuelta, tienen su inicio en la intimidad enferma del ser humano.
Es el auto odio lo que necesita ser tratado.
El odio contra uno mismo es la mayor tragedia de la mente humana.
El perfeccionismo exagerado, que castiga a quien lo padece cuando no alcanza los resultados anhelados, es una manifestación de auto odio.
Los fracasos deben ser un estímulo para acertar la próxima vez y nunca una razón para el auto flagelo o la profunda decepción consigo mismo.
Quien se odia avanza hacia el fin sin ceremonias, sea el fin de la salud, de la alegría, de la tranquilidad o el fin de la familia, de los amigos, de la vida, al cabo de todo.
Se adhiere a vicios de difícil erradicación, justificando que no puede abandonarlos, excusándose de hacer el mínimo esfuerzo para ello.
El ser que se detesta imprime en todo lo que hace el sello de la negatividad, complicando lo que podría ser simple.
Así, es preciso detener todo y cultivar su opuesto: el amor propio.
Cuando Francisco de Asís presenta la propuesta de Donde haya odio, que yo lleve amor, no se refiere solamente al odio de afuera, exterior.
Sabía muy bien, cuando se colocó como instrumento de la paz, que los mayores enemigos del hombre se encuentran en su intimidad.
De esta forma, amarse a sí mismo es salvar el mundo.
El amor a sí mismo hace que deseemos aprender para ser útiles; hace que trabajemos para progresar.
El amor a uno mismo está en el perdón concedido, que evita que carguemos en el corazón los desechos perjudiciales del resentimiento y del rencor.
El amor a uno mismo está en preservarnos de los vicios, de los excesos.
Está en cuidar del cuerpo, sin exageraciones, y cuidar también del alma, de los pensamientos, de lo que leemos, vemos y conversamos.
El amor a uno mismo está lejos de ser esa pasión enfermiza, representada muy bien por la figura mítica de Narciso, que le impidió pensar en cualquier otra cosa más allá de su propia imagen.
Es un amor maduro, que hace que sepamos quiénes somos, que conozcamos nuestro potencial y nuestro valor; que seamos conscientes de nuestras imperfecciones, pero que no nos dejemos asustar ni paralizar por ellas; que nos demos nuevas oportunidades, con alegría, teniendo siempre presente que nuestro destino, como Espíritus inmortales, será siempre la felicidad.
Redacción de Momento Espírita
Traducido por el Grupo Momento Espírita de Colombia
El 17.8.2026