Momento Espírita
Curitiba, 20 de Agosto de 2026
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ícone La música en nuestras vidas

Se cuenta que, cierto día, al escuchar el silbido del viento atravesando el tronco hueco de un árbol, el hombre  quiso imitarlo. Y así inventó la flauta.

Todo en la naturaleza posee musicalidad. El viento pulsa sonidos en la vasta cabellera de los árboles y murmura melodías mientras acaricia los pétalos de las flores y los pequeños arbustos.

Cuando se prepara la tormenta, retumban los truenos, como el sonido de los tambores marcando el paso de los soldados, con golpes rítmicos y fuertes.

Cuando la lluvia cae sobre la tierra reseca por la sequía, se escucha el murmullo de quien bebe con premura.

Cantan los ríos y las cascadas; ulula el mar embravecido.

Todo es sonido y armonía en la naturaleza, incluso cuando los elementos parecen desbordados, anunciando la tempestad.

Y recordamos las poderosas armonías del universo, gigantesca arpa que vibra bajo el pensamiento de Dios, el canto de los mundos, el ritmo eterno que acompasa la génesis de los astros y de las humanidades.

En todo hay ritmo, armonía y musicalidad.

En nuestro cuerpo, el corazón late rítmicamente, los pulmones trabajan con su propio compás y la sangre circula por venas y arterias.

Todo sucede en un tiempo preciso. Armonía.

Nuestro caminar y nuestra forma de hablar están marcados por el ritmo.

La música está presente en la naturaleza y, por ser parte integrante de ella, también la llevamos en nuestra intimidad. Somos música.

Por eso, desde los tiempos más remotos, el ser humano compuso melodías para alegrar sus noches, aliviar la nostalgia, cantar al amor y llorar a sus muertos.

También aprendió que, mediante las notas musicales, podía elevar himnos de alabanza al Creador de todas las cosas.

Así surgieron la música mística, la música sacra y el canto gregoriano.

Entre los celtas, el arpa era considerada un bien inalienable, junto con el libro y la espada.

Ellos veían en la música la enseñanza estética por excelencia, el medio más seguro para elevar el pensamiento hacia las alturas sublimes.

Los primeros cristianos, cuando marchaban hacia el martirio, lo hacían entonando himnos al Señor. Verdaderas plegarias que los conducían al éxtasis y los fortalecían para enfrentar el fuego, las fieras y la muerte, sin temor alguno.

El rey de Israel, Saúl, durante sus crisis nerviosas y obsesivas, llamaba al pastor David, quien, mediante los sonidos de su arpa, lograba serenarlo.

La música es la más sublime de todas las artes. Despierta en el alma impresiones de arte y de belleza. Mejor que la palabra, representa el movimiento, que es una de las leyes de la vida. Por ello, es la propia voz del mundo superior.

La voz humana posee entonaciones de una flexibilidad y una variedad que la hacen superior a todos los instrumentos.

Puede expresar los estados del espíritu y todas las sensaciones de alegría y de dolor, desde la invocación de amor hasta las entonaciones más trágicas de la desesperación.

Por eso, la incorporación de los coros a la música orquestal y a la sinfonía enriqueció el arte con un elemento de encanto y de belleza.

Por eso, la sabiduría popular advierte: ¡Quien canta, sus males espanta!

¡Cantemos!

Redacción de Momento Espírita, con fragmentos del
capítulo VII del libro
O Espiritismo na arte, de Léon Denis,
ed. Arte y Cultura.
Traducido por el Grupo Momento Espírita de Colombia
El 17.8.2026

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