En los tiempos que corren, una ola de pesimismo parece haberse apoderado de las personas.
Escuchamos a los mayores mirar hacia el pasado y decir, con nostalgia: Ah, en mis tiempos todo era tan diferente.
Mueven la cabeza con desaprobación al observar a los jóvenes que hablan de relaciones pasajeras, de besarse sin compromiso y que parecen haber olvidado todas las reglas del recato y de las buenas maneras.
Nostálgicos, quienes ya han madurado en la vida recuerdan la época de su noviazgo, cuando tomar de la mano a la persona amada ya significaba un compromiso serio.
Besos antes del matrimonio, solamente en la mano, en la frente o en la mejilla. Cuando, en definitiva, todo se reservaba para la noche de bodas. Especial, única, inolvidable.
Cuando se esperaba el día del matrimonio como el gran día: incomparable.
Si escuchamos todo esto y nos dejamos envolver, terminaremos contagiándonos también. Y comenzaremos a verlo todo de esa manera.
Como si el romanticismo hubiera muerto, como si el amor hubiese sido sustituido por expresiones fugaces de un afecto ilusorio, que hoy existe y mañana se desecha.
Sin embargo, no todos los jóvenes han dejado de soñar con las cosas bellas. Y el amor continúa estando de moda. El romanticismo subsiste en las almas que aman lo bello y lo bueno.
Lo comprobamos en muchas actitudes de la juventud. ¿Cuántas jovencitas sueñan con su baile de quince años, con ser tomadas del brazo por un joven apuesto y entrar al salón al compás de un vals emocionante?
También lo observamos en los conciertos que se han multiplicado por el mundo, celebrados en grandes estadios ante miles de personas. Allí se reúnen las más diversas edades: niños, jóvenes, adultos y ancianos.
Y cada uno se emociona a su manera con la orquesta, la música, la danza, los colores y las luces.
Algunos lloran recordando los amores que ya vivieron, las experiencias del pasado.
Otros se emocionan soñando con el futuro que desean para sí, mientras se suceden los acordes y el espectáculo cobra vida sobre el escenario.
Cuando ven a hermosas jóvenes, con vestidos maravillosos, acompañadas por sus parejas vestidas con elegantes fracs, desplazándose al son melodioso de un vals, las lágrimas asoman a sus ojos.
Suspiran... y sueñan. Sueñan con encontrar un amor que sea eterno. Con tener a alguien a su lado para toda la vida. Alguien que las bese con delicadeza, que tenga gestos de cortesía.
Alguien que sepa elevarlas con sus brazos fuertes cuando los dolores azoten sus días, exactamente como los bailarines elevan a sus compañeras sobre el escenario.
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Sí, el amor no ha muerto. Las jóvenes continúan soñando con caballeros y ellos, con verdaderas damas.
No nos dejemos contagiar, entonces, por la ola de pesimismo que se manifiesta en tantas personas.
Sepamos descubrir esos corazones apenas salidos de la infancia, que sueñan con un futuro de alegría, amor y belleza. Para sí mismos, para la persona amada, para su familia, para el mundo.
Junto a esas criaturas que parecen no preocuparse por nada más que por el momento presente, miles de almas anhelan un futuro mejor para este planeta, comenzando por idealizar y luchar por su propia y verdadera felicidad.
Pensemos en ello e invirtamos en esos jóvenes, que pueden ser nuestros hijos, nuestros nietos, nuestros sobrinos, nuestros hermanos, nuestros seres queridos, tan cercanos a nosotros.
Descubrámoslos y ayudémoslos en la construcción de ese mundo de amor, desde ahora. Por ellos, por nosotros y por quienes vendrán después.
Redacción de Momento Espírita
Traducido por el Grupo Momento Espírita de Colombia
El 20.8.2026