Miramos al mundo y, con frecuencia, nos estremecemos ante las noticias de conflictos, bombardeos y naciones que se levantan contra otras naciones.
La historia humana parece ser un desfile incesante de batallas. Ante ello, es común que nos sintamos impotentes, lamentando la crueldad ajena o la frialdad de los estrategas políticos y militares.
Sin embargo, nos corresponde levantar el velo de las apariencias y admitir que la guerra es la triste consecuencia del predominio de nuestra naturaleza animal sobre la espiritual.
Esto nos conduce a una verdad profunda e inaplazable: la guerra comienza en la intimidad de cada uno de nosotros.
Antes de que se dispare el primer tiro en los campos de batalla, la guerra ya fue declarada en los corazones. Nace en el orgullo que rechaza la diferencia, en el egoísmo que excluye, en la ambición de dominar al otro.
Cada vez que alimentamos el resentimiento, que respondemos con violencia en el tránsito o levantamos barreras de incomprensión dentro de nuestro propio hogar, estamos sembrando las semillas que, multiplicadas colectivamente, desembocan en las grandes tragedias de la humanidad.
Por eso, eliminar la guerra de la faz de la Tierra compete exclusivamente a cada uno de nosotros, los seres humanos. De nada sirve esperar tratados políticos o decretos gubernamentales.
La paz no se firma con un bolígrafo. Se escribe en el alma, puesto que los conflictos colectivos son reflejos directos de nuestras propias elecciones morales.
La Tierra avanza hacia convertirse en un mundo de regeneración, donde la guerra desaparecerá definitivamente. Pero ese momento solo llegará cuando comprendamos que somos Espíritus inmortales en evolución y que la transformación del mundo exige, inevitablemente, nuestra propia renovación moral.
En este escenario de transición, resuena con impresionante actualidad la sublime propuesta de paz de Jesús: Bienaventurados los pacificadores, porque serán llamados hijos de Dios.
Cristo no nos pidió que fuéramos solamente pacíficos, contemplando inertes el dolor del mundo. Nos convocó a ser pacificadores. Agentes activos de la concordia y de la unión.
El verdadero pacificador es aquel que primero se pacifica a sí mismo. Es quien elige el perdón en lugar de la revancha, la escucha acogedora en lugar del juicio apresurado y la caridad silenciosa que reconstruye puentes allí donde el orgullo abrió abismos.
Ser pacificador es desarmar el propio corazón ante las ofensas cotidianas.
La paz que tanto anhelamos para el planeta está en nuestras manos. Se construye en los gestos sencillos de la vida cotidiana: en la tolerancia ante las diferencias, en el respeto mutuo y en la disposición constante al diálogo.
Seamos nosotros la respuesta al clamor de la Tierra. Seamos los pacificadores de nuestra familia, de nuestro ambiente de trabajo, de nuestra comunidad.
La paz es acción en el bien.
La verdadera paz, la de Cristo, es aquella que propone un trabajo activo y continuo en favor del bien; es la que enseña el cumplimiento de los deberes como parte de la autodisciplina.
Cuando la paz habite en lo íntimo de cada criatura, las armas perderán su sentido y la guerra será apenas un recuerdo lejano de una humanidad que aprendió, finalmente, a amar.
Pensemos en ello.
Redacción de Momento Espírita, con frases extraídas
del cap. 2 del libro Quem é o Cristo?, por el Espíritu
Francisco de Paula Vítor, psicografía de Raul Teixeira,
ed. Fráter.
Traducido por el Grupo Momento Espírita de Colombia
El 19.8.2026