Es común que comentemos el mal que existe en la Tierra. En estos tiempos, en los que los medios de comunicación han sido pródigos en noticias aterradoras, nos preguntamos qué será del futuro.
La carga de maldad parece crecer. A cada momento, nuevas noticias se suman a las anteriores, portadoras de intranquilidad.
Los periódicos se esmeran en publicar titulares que hablan de escándalos, corrupción y hábitos infelices.
La televisión muestra imágenes de tragedias familiares, sociales y políticas. El hombre parece haberse convertido realmente en lobo de su hermano.
Pensando en este panorama de ansiedad y miedo que azota al mundo, un joven discípulo buscó a su maestro.
Lo encontró estudiando y rompió el silencio, preguntando:
Señor, veo a la humanidad infeliz. La perversidad se extiende y la agresividad se apodera de las criaturas.
Por todas partes veo las semillas del odio invadir los campos del mundo, la envidia apoderarse de los jardines y la persecución gratuita avanzar sin límites.
Veo a las personas enfrentarse unas contra otras y solo encuentro sombras donde esperaba descubrir la luz.
¿Qué debo hacer para contribuir a un mundo mejor?
Como el maestro permanecía en silencio, el aprendiz insistió con una nueva serie de preguntas:
Deseo acabar con la miseria y el sufrimiento.
¿Qué puedo hacer en favor de los infelices y perversos?
El sabio, movido por la compasión, respondió con serenidad:
Hijo, cambiar las condiciones de la Tierra y de sus habitantes, de una sola vez, es una tarea imposible.
Sin embargo, si realmente estás interesado en contribuir en favor de la humanidad, emprende el viaje hacia tu propio interior. Sé amable con quienes crucen tu camino.
Sé mejor con todos aquellos que entren en contacto contigo.
Ilumínate. Con ello, ten la certeza de que habrá un perverso y un ignorante menos en el mundo.
*
Normalmente actuamos como el joven discípulo. Deseamos que la Tierra se transforme en un oasis de paz y alegría.
Pensamos en eliminar el mal de afuera, el de los demás. Y olvidamos adentrarnos en nuestra intimidad, iniciando la gran reforma del mundo a partir de nosotros mismos.
Si nos volvemos buenos, seremos cada uno un malo menos.
Si nos iluminamos, seremos una luz más iluminando el paisaje.
Si hacemos el bien, la pequeña parte de nuestra actuación se convertirá en una presencia benéfica allí donde estemos.
El dolor que calmemos disminuirá el dolor del mundo.
La aflicción que aliviemos será una menos en el conjunto general de las aflicciones.
En definitiva, el movimiento positivo que emprendamos repercutirá en el conjunto, modificando el panorama de la Tierra en el que vivimos.
*
Una gota de agua no resuelve el problema de la tierra reseca, pero anuncia la lluvia generosa que pronto caerá.
Ante la intensidad del sol, una pequeña nube que aparezca constituye una bendición para el viajero cansado, del mismo modo que la sombra de un árbol lo aliviará del calor abrasador que lo castiga.
Una acción aislada puede parecer carente de valor. Sin embargo, siempre es el comienzo de una reacción en cadena que beneficia a muchas almas.
Pensemos en ello y comencemos hoy a cambiar el mundo.
Redacción de Momento Espírita, con base en el cap. 8
del libro A busca da perfeição, por el Espíritu Eros,
psicografía de Divaldo Pereira Franco, ed. EBM.
Traducido por el Grupo Momento Espírita de Colombia
El 24.8.2026