Mi madre, mi amada madrecita Ebe.
Quiero pedirte que no llores.
Tus lágrimas son como llamas de dolor en mi corazón...
Aquí tengo conmigo a mi amada bisabuela Tina y a nuestro bisabuelo Amadei.
Esté tranquila, Dios está con nosotros.
Para ti y para mi padre, un beso de tu hijo.
*
Francisco Cândido Xavier psicografió innumerables cartas que, muchas veces, comenzaban así, buscando únicamente tranquilizar los corazones que habían permanecido en la Tierra.
A veces, sumergidos en el inmenso dolor de la saudade, de la ausencia, terminamos volviéndonos egoístas, es decir, dejamos de lado el dolor de aquellos que partieron.
Ellos están vivos. Esa es la primera constatación, la mayor certeza.
No se trata de fe ni de creencia, sino de la confirmación de una realidad. Una realidad que muchos desconocen y que, sin embargo, está más que clara.
La segunda certeza nos habla de amparo. Todos reciben la debida asistencia al desencarnar, ya sea por parte de sus antepasados, de la familia espiritual que allí se encuentra o de los socorristas del bien.
Existen equipos de rescate, equipos responsables de auxiliar a quienes acaban de desencarnar. Trabajadores del bien que se dedican a la noble tarea de acoger las almas de quienes se desprenden del cuerpo.
Todo esto es manifestación de un Dios, Padre de amor. Es la acción de una Providencia Divina muy bien organizada, consciente de todo lo que ocurre en el planeta a cada instante.
Así, en esos primeros y más dolorosos momentos tras la muerte de un ser amado, digámonos a nosotros mismos: Calma, nada está fuera de control. No hay razón para la desesperación ni para la rebeldía.
En un segundo momento, es importante pensar en quien parte, más que en nosotros, que permanecemos.
Se trata de un momento necesario, del término de una jornada en el planeta, del cierre de un ciclo.
Les duele y los perturba escuchar frases como: ¡No podías haberte ido! ¿Por qué me dejaste? ¿Cómo voy a vivir sin ti ahora?
Nuestro corazón afligido quiere decir eso. Sentimos la partida, sufrimos por la ausencia física. Pero no existe mayor prueba de amor que, en ese momento, dejar nuestro dolor en segundo plano para pensar en la tranquilidad de nuestros seres amados.
Con seguridad, deseamos que el momento de su partida sea lo más sereno y lo menos angustiante posible. Nosotros, los que amamos, deseamos solamente lo mejor para nuestros seres queridos.
En ese momento debemos ayudarlos con nuestras oraciones, con pensamientos orientadores y con recuerdos positivos.
Tal vez él o ella demore en descubrir que continúa viviendo, aunque ya no en un cuerpo físico. ¡Y qué noticia maravillosa cuando se dé cuenta de ello!
Entonces, contémosles esto en nuestras oraciones, hablemos de ello en nuestras conversaciones con los familiares e incluso en las ceremonias que se realizan en su homenaje.
Si sufrimos en exceso, ellos sufren con nosotros. Si nos rebelamos, quieren regresar y no pueden. Actuando así, les provocamos una angustia innecesaria.
La muerte marca el inicio de una nueva etapa. Una separación temporal, jamás la destrucción o el fin.
Cultivemos la saudade con equilibrio, deseando el bien a aquellos que comienzan un nuevo ciclo, conservando la certeza de que ni ellos ni nosotros, que permanecemos aquí, estamos desamparados.
Redacción de Momento Espírita, con base en el cap. 3 del
libro Claramente vivos, por diversos Espíritus, psicografia
de Francisco Cândido Xavier, ed. IDE.
Traducido por el Grupo Momento Espírita de Colombia
El 26.8.2026