Lamentablemente, todavía no sabemos valorar las preciosas compañías de nuestra jornada terrenal. Caminamos, muchas veces, con los ojos vendados ante la belleza y la profundidad de las almas que comparten con nosotros el polvo de los caminos del mundo.
Solamente en la distancia, bajo el filtro del tiempo y de la saudade, nos damos cuenta de la verdadera grandeza de aquellos que estuvieron a nuestro lado, sirviendo en silencio, con abnegación.
La historia humana es un testimonio vivo de esta persistente miopía espiritual. Antonio Vivaldi, cuya música hoy resuena como un himno a la propia creación y a la sensibilidad, fue enterrado en una tumba sencilla, olvidado por el mundo que tanto embelleció.
Johann Sebastian Bach, cuyas composiciones rozan los límites de lo divino, era visto por sus contemporáneos mucho más como un virtuoso organista y profesor, y menos como el compositor genial y revolucionario que hoy conocemos.
El genio y la innovación de Mozart incomodaban tanto por la grandiosidad de sus obras que la envidia y el orgullo de los hombres se encargaron de aislarlo y apartarlo de la convivencia social.
En el campo del conocimiento y de las ideas, repetimos el mismo patrón de incomprensión. Allan Kardec fue despiadadamente perseguido y ridiculizado por los intelectuales de su tiempo, simplemente por revelar las realidades inmortales del Espíritu.
Hoy, en la era de la tecnología, nos maravillamos con las sofisticadas respuestas de las inteligencias artificiales.
Pero deliberadamente olvidamos el nombre de Alan Turing, el hombre que, en la soledad de su labor pionera, definió el patrón de comportamiento de esas mentes digitales, pagando un precio altísimo en su vida personal por su incomprendida genialidad.
Exaltamos el fruto, pero ignoramos el sudor anónimo de quien preparó los cimientos.
Así ocurre también en el círculo de nuestras vidas. ¿Cuántas veces la dedicación en el hogar, en el trabajo o en la labor voluntaria es recibida con la indiferencia de aquellos que no saben escuchar, o con el silencio de quienes no aprendieron a ver?
¿Cuántas veces quien sirve de manera persistente y dedicada pasa inadvertido, ignorado...
En esos momentos, se alza un ejemplo grandioso. El del Maestro de Nazaret, que extendió el amor y la verdad, la paz y la luz, levantó a los enfermos y devolvió el movimiento a miembros paralizados.
Sin embargo, le fue destinada la cruz entre dos malhechores. Era el Príncipe de la Paz y fue aplastado por la guerra de los intereses inferiores. Era el Justo y padeció la suprema injusticia.
Fue ultrajado una tarde. Sin embargo, transformó su propio dolor en gloria divina. Su frente, cubierta de sangre, pendió sobre el madero en un viernes de tristeza.
Resurgió a la luz del sol, bajo el aliento perfumado de un jardín, inaugurando un domingo radiante.
Esto nos afirma que todos aquellos que reciben la cruz en favor de sus semejantes y continúan sirviendo descubren el sendero bendito de la eterna resurrección.
A nosotros, humanidad, nos corresponde una pregunta contundente: ¿Cuándo despertaremos para reconocer a los héroes silenciosos que caminan a nuestro lado?
¿Hasta cuándo continuaremos ignorando a quienes establecen el bien, la armonía y la belleza en el mundo?
Redacción de Momento Espírita, con base en el cap. 46
del libro Fonte viva, por el Espíritu Emmanuel, psicografia
de Francisco Cândido Xavier, ed. FEB.
Traducido por el Grupo Momento Espírita de Colombia
El 28.8.2026