Cada criatura humana es un verdadero imán que camina por la Tierra, la cual, por sí misma, es también un inmenso cuerpo magnético que viaja por el cosmos.
Llevamos con nosotros la delicada y poderosa capacidad de atraer, irradiando energías invisibles y fluidos sutiles que revelan la esencia de nuestra alma.
Somos imanes silenciosos, tejiendo los hilos de la afinidad, acercando corazones que vibran en nuestra misma sintonía.
La historia nos ha regalado almas que supieron sublimar esa fuerza, transformando sus campos magnéticos en verdaderos oasis para la humanidad.
Pensemos en la figura serena de Mahatma Gandhi, con su hablar pausado y, al mismo tiempo, inquebrantable. Él irradiaba el magnetismo puro de la pacificación.
Sin levantar una sola arma, sostenido por la fuerza del amor y de la no violencia, atrajo y reunió a toda una nación a su alrededor.
Incluso con el paso de las décadas, su nombre continúa siendo un faro luminoso, congregando legiones de almas de buena voluntad que tienen hambre de libertad y de paz.
Contemplemos la inmensa dulzura de Francisco de Asís. En su juventud privilegiada, tenía a su alrededor jóvenes como él, que se divertían entre canciones, bailes y juegos.
Cuando renunció a la riqueza para vivir en la pobreza y en la paz, muchos de aquellos jóvenes quedaron profundamente conmovidos por su ejemplo.
Abandonaron la vida mundana, la ostentación y las armas, convirtiéndose en los primeros compañeros de su tarea de amor.
Desprovisto de posesiones terrenales, su magnetismo personal desbordaba riqueza celestial.
El pobrecillo de Asís amó tanto, y con tal pureza, que logró suavizar el orgullo humano. Su sencillez exhala, a través de los siglos, un perfume de fraternidad que continúa atrayendo multitudes, inspirándonos a contemplar a cada criatura como hermana y al universo como un altar sagrado.
Pero, entre todas las luminarias que alguna vez acariciaron el suelo de este mundo, el magnetismo más cautivador y fascinante fue, sin duda, el de Jesús de Nazaret.
Por donde pasaba, atraía multitudes de almas hambrientas. No solamente necesitadas de pan, sino también desbordantes de la más profunda sed de amor, de paz, de esperanza y de Dios.
Su magnetismo luminoso envolvía a los tristes, consolaba a los invisibles y abrazaba a los caídos. Como Él mismo prometió, al ser levantado en el madero, atraería a todos los hombres hacia Sí.
Eso es exactamente lo que Su amor incondicional continúa haciendo, atravesando el velo del tiempo para curar nuestros dolores.
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El ejemplo de estas grandes luminarias nos invita a una reflexión íntima y poética: ¿qué energías y virtudes estamos liberando en el mundo que nos rodea?
Nosotros también podemos ser constructores de armonía. Para beneficiar a quienes comparten la jornada con nosotros, basta con que pulamos, con ternura, nuestro propio magnetismo personal.
Cuando elegimos la dulzura en lugar de la aspereza, la paciencia en lugar de la irritación y la compasión en lugar del egoísmo, irradiamos una luz serena.
Así como las flores atraen a las mariposas con la dulzura de su néctar, comenzaremos a atraer el bien, convirtiéndonos en un puerto seguro de afecto, paz y esperanza para todos los corazones que caminen a nuestro lado.
Redacción de Momento Espírita, basada en la parte 3,
cap. 13, del volumen 4 del libro Vida e Valores, ed. FEP.
Traducido por el Grupo Momento Espírita de Colombia
El 4.9.2026