La búsqueda de la felicidad sigue siendo uno de los temas más presentes en la civilización actual.
Sin embargo, lo que más vemos son rostros cansados y corazones insatisfechos.
El creador del psicoanálisis, Sigmund Freud, al analizar la sociedad, constató precisamente ésto, describiendo un profundo malestar en la civilización.
Según él, ese malestar nace del hecho de que el deseo humano siempre exige más, pero necesita ser reprimido por las normas sociales para que podamos vivir en comunidad.
Intercambiamos una parte de nuestra libertad y de nuestros instintos por una mayor sensación de seguridad.
Así, vivimos en una eterna insatisfacción, pues, cuando alcanzamos un objetivo, este ya no es suficiente y queremos otro.
Para escapar de ese sufrimiento constante, buscamos paliativos: el aislamiento, la intoxicación, las ilusiones del arte o la búsqueda frenética del placer inmediato.
Estas medidas pueden proporcionar un alivio temporal, pero nunca llenan el vacío ni apaciguan la inquietud de nuestra alma.
Entonces, ¿estamos condenados al eterno malestar y a una vida que se resume en una sucesión de frustraciones?
La Doctrina Espírita nos ofrece una visión luminosa y consoladora al respecto.
Nos dice que la felicidad completa no pertenece a este mundo, pues la Tierra es apenas una estación temporal.
Así, establece un primer punto fundamental: completamente felices no podremos ser aquí.
El segundo punto es que la felicidad es una construcción del alma. Se va edificando a lo largo del tiempo.
El tercer punto es que podemos experimentar cierto nivel de felicidad aquí. Una felicidad relativa, pero muy motivadora cuando la encontramos en los lugares correctos.
Nuestro gran error, aquello que genera nuestro malestar interior, es buscar la felicidad en el lugar equivocado, confundiendo la paz con la satisfacción de los placeres materiales y con la acumulación de bienes transitorios.
Olvidamos, como nos advirtió Jesús, que la polilla y el óxido consumen los tesoros de la Tierra, y que lo superfluo solamente nos esclaviza y nos trae mayores tormentos.
Cuando fueron consultados, los benefactores espirituales, con una sencillez extraordinaria, afirmaron que la felicidad es posible en la Tierra:
Para la vida material, la felicidad consiste en poseer lo necesario. Para la vida moral, en tener la conciencia tranquila y fe en el futuro.
Veamos cómo esto lo cambia todo, pues el malestar desaparece cuando dejamos de buscar en lo superfluo aquello que creemos que nos traerá felicidad y comenzamos a valorar lo que es inmortal.
La conciencia tranquila es el resultado del deber cumplido, de la práctica de la caridad, del amor al prójimo y del bien que sembramos a nuestro alrededor.
Quien tiene la conciencia en paz no es atormentado por el insomnio de la envidia ni por las angustias generadas por el amor desmedido a la riqueza.
La fe en el futuro nos libera del miedo, pues nos muestra que esta vida es apenas un breve capítulo de una jornada y que cada dolor tiene un propósito educativo.
¿Qué tal si reflexionamos un poco más sobre esto? ¿Qué tal si hacemos elecciones inspiradas en estas certezas y no en la satisfacción de los placeres?
La clave está en simplificar las necesidades materiales, aquietar la conciencia y mirar hacia el mañana con confianza en el bien.
Redacción de Momento Espírita, basada en el vídeo
Mal-estar que Freud descreve, de Luiz Felipe Pondé,
programa Linhas Cruzadas, TV Cultura, y en el libro
O mal-estar na civilização, de Sigmund Freud,
ed. Companhia das Letras.
Traducido por el Grupo Momento Espírita de Colombia
El 9.9.2026