Momento Espírita
Curitiba, 09 de Setembro de 2026
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ícone Apenas un hijo

En la aldea era común que las mujeres se encontraran en la plaza, alrededor del pozo que abastecía a la comunidad.

Era el momento en que ellas hacían una pequeña pausa en sus numerosas tareas, aprovechando para intercambiar ideas y conversar acerca de las novedades que, al fin y al cabo, no eran muchas.

Aquella mañana, tres mujeres se encontraron junto al pozo. Y, mientras sacaban el agua y llenaban sus cántaros con el preciado líquido, comenzaron a conversar.

La primera dijo:

Mi hijo es muy fuerte, corre y salta. Me llena de alegría verlo competir en carreras con otros niños y vencerlos a todos.

Enseguida, la segunda dijo:

Mi hijo canta con los pájaros. Se despierta por la mañana y canta. Conoce hermosas canciones y llena mis oídos de armonía.

Y como la tercera mujer permanecía en silencio mientras vertía el agua del balde en su cántaro, un hombre que las observaba le preguntó:

¿Usted no tiene hijos?

La joven lo miró y respondió con delicadeza:

Tengo un niño. Pero es un niño normal, como todos los demás.

Con sus cántaros llenos de agua, las tres mujeres emprendieron el camino de regreso a sus hogares. A mitad del trayecto, se detuvieron para descansar y el hombre se sentó junto a ellas.

Pasados unos minutos, ellas vieron a sus hijos acercándose a su encuentro.

El primero venía corriendo y saltando pequeños obstáculos que encontraba en el camino. Se notaban su vivacidad y su agilidad.

El segundo venía cantando una hermosa canción y su voz sonaba de manera encantadora.

El tercero simplemente venía caminando, pero, al ver a su madre, se dirigió hacia ella y la abrazó con especial cariño, como si quisiera transmitirle energías renovadas.

Después, se agachó, tomó el cántaro lleno de agua y siguió caminando rumbo a casa.

En ese momento, las tres mujeres se volvieron hacia el hombre, que continuaba sentado al borde del camino, y le preguntaron:

Y entonces, ¿qué le parecieron nuestros hijos?

El hombre se levantó, dando a entender que continuaría su camino, y respondió sabiamente:

Realmente, acabo de ver a tres niños. Pero vi apenas a un hijo.

*

En el Código Divino que conocemos como Decálogo, que nos llegó a través del gran legislador hebreo, está escrito:

Honra a tu padre y a tu madre, para que vivas muchos años en la tierra que el Señor, tu Dios, te dará.

La exhortación nos remite a la gratitud que debemos sentir hacia aquellos que son responsables de nuestra vida en la Tierra.

Aquellos que nos dieron un cuerpo para que nosotros, Espíritus inmortales, transitemos por la Tierra, progresando y creciendo hacia la luz.

Honrar al padre y a la madre es estar atentos a sus necesidades, ayudarlos en sus tareas, expresarles nuestra gratitud con gestos de afecto y cariño.

Aunque podamos decir que de ellos, por una u otra razón, no recibimos cariño, apoyo o mayor atención, no nos olvidemos de ser hijos.

Cualquiera que sea la circunstancia, ellos nos permitieron vivir. Y gracias a eso estamos aquí, en esta bendita escuela llamada Tierra, un planeta de tantas bellezas y generosas bendiciones.

¡Pensemos en ello!

Redacción de Momento Espírita, basada
 en uma leyenda judía.
Traducido por el Grupo Momento Espírita de Colombia
El 9.9.2026
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