El niño tenía apenas cinco años. Vivía en una ciudad del interior del estado de Rio Grande do Sul. Un lugar donde casi todos se conocían.
Los casos de robo u otros delitos, cuando ocurrían, revolucionaban la ciudad, como si fuera el fin del mundo.
En aquella localidad, los vecinos se saludaban y, cuando veían niños por la calle, enseguida les preguntaban dónde estaban sus padres, qué hacían solos, para dónde iban.
En resumen, unos cuidaban de los otros.
Fue, por lo tanto, de manera natural que doña Ruth, al salir de compras, sabiendo que tardaría algunas horas, miró hacia el terreno de la casa de al lado y, viendo al niño jugar, le dijo: Cuida mi casa, por favor.
El niño levantó la mirada y asintió con la cabeza.
Luego llamó a su perro, un amigo desde los primeros años de su infancia. Era su compañero de juegos.
El perro lo seguía adondequiera que fuese. Y los padres sabían que el niño estaría seguro bajo la protección del fiel animal.
Entonces, el niño abrió el portón de su casa, caminó hasta la casa vecina, se puso de puntillas para alcanzar la manija del portón y entró.
Se sentó en la entrada de cemento que daba acceso a la casa y el perro se sentó a su lado. Y allí permanecieron durante más de tres horas.
La madre, al ver al niño en terreno ajeno, se preocupó pensando que pudiera hacer alguna travesura y lo llamó varias veces para que regresara a casa.
Pero, ante cada llamado, él negaba con la cabeza y decía: ¡No puedo!
Cuando doña Ruth regresó, comprendió: el niño había tomado al pie de la letra aquello de cuidar su casa y había montado guardia, inmóvil, frente a su puerta, durante más de tres horas.
Lo besó, sonriendo, le agradeció y entró en casa. Él se levantó y, junto con su perro, regresó a su propio hogar.
Al caer la noche, la madre se sorprendió con la llegada de doña Ruth, que buscaba a su hijo.
Se sobresaltó: ¿Qué habría hecho? ¿Habría cometido alguna travesura?
Pero la vecina insistía en que quería hablar con el niño. Él vino y, ante el asombro de la madre, la señora lo abrazó, lo besó, le agradeció y le entregó un plato con dulces que había preparado.
Solo entonces la madre recibió la explicación de lo que su hijo había hecho. Su hijo, a quien ella, desde muy pequeño, había enseñado la lección de la responsabilidad y del deber.
Él la había comprendido perfectamente.
*
Invirtamos en la educación desde los primeros momentos de la vida de nuestros hijos.
No creamos que son demasiado pequeños y que no comprenderán las reglas de la buena conducta, lo que significan el deber y la responsabilidad.
El niño asimila lo que escucha y, sobre todo, lo que ve.
Hablemos acerca del deber y demos ejemplo.
Conscientes de que debemos preparar a nuestros hijos para el mundo, ofrezcámosles lo mejor en términos de educación.
Si somos de aquellos que observamos la mala educación ajena manifestándose en algunas ocasiones, ofrezcamos al mundo ciudadanos cumplidores de sus deberes, personas de bien: nuestros hijos.
Seamos promotores de una sociedad renovada, formada por personas comprometidas con la paz ajena y la propia, con el bienestar del prójimo y el propio.
En fin, seamos constructores de un mañana de bendiciones.
Redacción de Momento Espírita, con base en um
hecho de la vida familiar de Maria Helena Marcon.
Traducido por el Grupo Momento Espírita de Colombia
El 17.9.2026