Recogemos en los registros del Evangelista Juan las palabras de Cristo, quien se declara el pan de la vida, el pan del cielo.
El pan es uno de los alimentos más antiguos producidos por el ser humano. Forma parte de la historia de la humanidad y, además de nutrir el cuerpo físico, lleva consigo el simbolismo de alimento para el Espíritu.
Originalmente preparado de forma rústica, la elaboración del pan se fue haciendo más sofisticada a lo largo de los siglos, incorporando nuevos ingredientes para hacerlo suave, sabroso y de aspecto apetecible.
Sin embargo, para hacer un buen pan, es imprescindible la levadura que, en esencia, hace que la masa aumente de volumen, dando como resultado un pan esponjoso.
Si la levadura es mala, no logra hacer que la masa fermente, dejando el pan pesado y difícil de digerir.
Esta dinámica de la panificación nos permite comprender nuestra propia existencia y la manera en que interactuamos con el mundo.
Nuestra vida es, invariablemente, un fermento espiritual con la que influimos en las vidas ajenas.
Debemos preguntarnos cuál es la calidad de nuestro fermento. ¿Será el de la malicia y la maldad, representando nuestros vicios morales?
Si así fuera, de la misma manera que un mal fermento arruina toda una hornada, nuestra contribución perjudicará a cuantos conviven con nosotros y reciben, de alguna manera, nuestra influencia.
Pero, si nuestro fermento es bueno, sustentado en la sinceridad y en la verdad, multiplicaremos el bien y haremos crecer los buenos sentimientos a nuestro alrededor.
Nuestras palabras determinan las palabras de quienes nos escuchan.
Nuestros modos y costumbres generan modos y costumbres de la misma naturaleza alrededor de nuestros pasos, especialmente en aquellas personas que se encuentran en los círculos de nuestra experiencia y conocimiento.
Nuestras vibraciones y acciones tienen un alcance que muchas veces desconocemos. Al igual que como el fermento, esos elementos pueden alojarse en las mentes ajenas, haciéndolas leudar y multiplicándolas.
El verdadero proceso para reformar y edificar el ambiente a nuestro alrededor consiste en aceptar las sugerencias del bien y practicarlas intensamente.
Por eso, tenemos el deber impostergable de cuidar la calidad de aquello que difundimos.
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¿Qué tipo de fermento estamos ofreciendo a quienes conviven con nosotros? ¿Con qué sentimientos estamos alimentando el Espíritu de aquellos que nos rodean?
Siempre podemos aprender a producir un buen fermento. Basta buscarlo en las palabras y en el ejemplo de Aquel que es el pan de la vida por excelencia, el Maestro Jesús. Al regenerar el pensamiento, el camino que conduce al Señor se revela recto y limpio.
Actuando con el fermento de la voluntad orientado hacia el bien, permitiremos que los buenos sentimientos crezcan dentro de nosotros, extendiéndose naturalmente entre aquellos que conviven con nosotros o que, de alguna manera, se aproximan a nuestros pasos.
Pongamos en acción nuestra voluntad y seamos el buen fermento, aquel sobre la cual Pablo de Tarso, escribiendo a los hermanos de Corinto, en Grecia, afirmó: un poco de fermento leuda toda la masa.
Esto resalta nuestra acción individual. Podemos ser ese poco de fermento que hace crecer el pan de la esperanza en los corazones ajenos.
Redacción de Momento Espírita, con base en el Evangelio
de Juan, cap. 6, versículo 35, y en la Primera Epístola a
los Corintios, cap. 5, versículo 6.
Traducido por el Grupo Momento Espírita de Colombia
El 30.9.2026