Momento Espírita
Curitiba, 06 de Outubro de 2026
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ícone La fuente y el vaso

Se cuenta que un viajero atravesaba una región árida, muy calurosa, cuando encontró una pequeña fuente de agua cristalina, un verdadero oasis en el desierto abrasador.

Sediento, se acercó para beber. Observó intrigado que junto a la fuente había varios vasos. Algunos eran de cristal, otros de plata, de oro. Algunos, eran simples recipientes de barro, mientras que otros se mostraban desgastados por el tiempo.

Mientras saciaba su sed, pudo presenciar escenas curiosas. Había personas que llegaban hasta la fuente y, en lugar de satisfacer su sed, se ponían a discutir cuál era el mejor vaso.

Algunas exaltaban el brillo del cristal. Otras admiraban la belleza de la plata. Había quienes despreciaban los vasos más sencillos.

Y, ocupados en comparar recipientes, muchos llegaban a olvidarse de beber el agua preciosa.

*

Esta narración nos invita a reflexionar sobre la vida. Con frecuencia, valoramos excesivamente los recipientes y nos olvidamos de su contenido.

Admiramos títulos, posiciones sociales, recursos materiales, apariencias y reconocimiento. Juzgamos a las personas por las vestimentas que usan, por los cargos que ocupan o por los logros que exhiben. Sin darnos cuenta, transformamos todo aquello que es exterior a nosotros en el centro de nuestra atención.

Sin embargo, lo que sustenta la vida no es el vaso. Es el agua.

De la misma manera, lo que sustenta al Espíritu no son las apariencias, sino los valores que cultivamos en nuestro interior.

El amor, la honestidad, la bondad, la capacidad de servir y la disposición para el bien son las verdaderas riquezas del alma.

El Maestro de la Buena Nueva puso de manifiesto esta verdad de manera profunda al dialogar con la mujer samaritana junto al pozo de Jacob.

En aquella ocasión, afirmó: Aquel que beba del agua que yo le dé nunca más tendrá sed, porque el agua que yo le dé se convertirá en él en una fuente de agua que brotará para la vida eterna.

El Maestro no hablaba del agua que sacia el cuerpo, sino de la renovación interior que alimenta al Espíritu. Él nos invita a buscar algo más profundo que las satisfacciones pasajeras del mundo.

A veces, creemos que seremos felices cuando conquistemos determinado cargo, cuando alcancemos reconocimiento o cuando obtengamos mayores recursos.

De hecho, todo eso puede ser útil y legítimo. El problema surge cuando comenzamos a confundir los recipientes con la fuente.

Hay personas que poseen vasos magníficos y continúan sedientas. Otras, disponen de recipientes sencillos, pero llevan consigo una serenidad que nada consigue perturbar. La diferencia está en aquello que alimenta sus almas.

Es importante recordar que estamos en la Tierra para desarrollar virtudes y crecer espiritualmente. Al final de la jornada, no llevaremos con nosotros los vasos que acumulamos por el camino.

Permanecerá con nosotros solamente el agua que logramos transformar en amor, aprendizaje y servicio al prójimo.

Tal vez sea tiempo de mirar menos los recipientes y dirigir nuestra atención hacia la fuente.

Después de todo, la verdadera felicidad no está en aquello que mostramos al mundo, sino en aquello que permitimos que Dios haga brotar dentro de nosotros.

Pensemos en ello.

Redacción de Momento Espírita, con transcripción
 del
Evangelio de Juan, cap. 4, vers. 14.
Traducido por el Grupo Momento Espírita de Colombia
El 29.9.2026

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