Nico Williams, uno de los destacados integrantes de la selección española -campeona mundial de fútbol de 2026-, rindió un hermoso homenaje a su madre inmediatamente después de consagrarse campeón.
En el instante más glorioso de su carrera, se quitó del pecho la medalla de oro, caminó hasta la tribuna y se la entregó a su madre, diciéndole:
Yo corro rápido, pero no tan rápido como mi madre. Ella escapó de la muerte y atravesó el Sahara, desde Ghana hasta España. Le di la medalla porque ella merece más.
Antes de que nacieran sus hijos, María y su esposo dejaron Ghana, en África Occidental, en busca de una vida mejor. Atravesaron el desierto del Sahara enfrentando un calor extremo, hambre, miedo y numerosas dificultades.
Ella estaba embarazada durante parte de aquel recorrido. Al llegar a la ciudad de Melilla, consiguieron asilo y reconstruyeron su vida en territorio español.
Ahora, aquel niño que creció gracias al sacrificio de sus padres conquistó uno de los mayores títulos del fútbol mundial y quiso reconocer, de manera especial, el mérito de quienes estuvieron antes que él.
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¿Será que alguna vez hemos tenido la oportunidad de hacer lo mismo? Ante nuestros logros, nuestras victorias y las etapas importantes de la vida que hemos logrado superar, ¿reconocemos el papel de quienes estuvieron antes que nosotros?
A veces son nuestros padres. Otras veces, una abuela, un abuelo, una tía, una profesora. Aquella persona que, en momentos decisivos de nuestra vida, actuó para que pudiéramos construir nuestra historia con seguridad.
¿Será que agradecemos? ¿Será que reconocemos el papel de esas personas?
Personas cuyos papeles parecen haber quedado borrados, casi sin importancia. Pero que fueron perseverantes y luchadoras.
A veces, personas sencillas que se entregaron hasta el extremo para que nosotros pudiéramos existir.
En otros casos, almas esclarecidas que nos ofrecieron lecciones de vida o que nos salvaron de graves dificultades.
Reconocer que también debemos nuestros logros al trabajo de quienes estuvieron antes que nosotros no nos hace menos importantes ni nos hace perder parte del mérito. Por el contrario, demuestra que hemos madurado y que sabemos ser grandes.
Esta es una de las razones por las cuales encontramos el mandato de honrar al padre y a la madre entre las enseñanzas más antiguas e importantes de la humanidad, en el Decálogo.
En ese acto de honrar está comprendido el reconocimiento a quienes nos abrieron los caminos de la encarnación. También a quienes se sacrificaron para que pudiéramos tener días mejores.
De esta manera, ante cualquier conquista, ante toda felicidad, recordemos correr hacia la tribuna de la vida para rendir el debido homenaje a quienes fueron importantes para nosotros. Y continúan siéndolo.
No permitamos que queden relegados al olvido simplemente porque ya no dependemos de ellos.
Hagamos cuestión de mantenerlos cerca de nuestro corazón.
La gratitud es una alegría compartida. Ser agradecido no significa sentirse obligado a devolver algo, sino compartir.
Nada hará más felices a esas personas que poder formar parte de esos momentos junto a nosotros. Ellas comprenderán cuánto valió la pena. Comprenderán cuán grandioso fue el amor que ofrecieron como sacrificio.
Así, cuando estemos viviendo nuestros buenos días, corriendo mucho, conquistando medallas, recordemos que, para que todo eso sucediera, alguien corrió antes. Y corrió mucho más...
Redacción de Momento Espírita, basada en um
reportaje del portal Só Notícia Boa, del 19.7.2026.
Traducido por el Grupo Momento Espírita de Colombia
El 1º.10.2026