Las leyendas chinas son muy interesantes y siempre están llenas de enseñanzas.
Una de ellas cuenta que el rey Sol tenía una hija muy amada, tan hermosa que incluso el Emperador Amarillo sentía una gran admiración por ella.
Cuando el rey Sol salía para dirigir el curso del amanecer, cada mañana, su hija deseaba ir con él.
Pero él estaba muy ocupado y no podía llevarla consigo. Un día, ella remó secretamente detrás de su padre, en una barca.
Desafortunadamente, se desató una tormenta y ella fue tragada por el mar, dejando a su padre sumido en la tristeza.
Sin embargo, ella renació como un pájaro de cabeza rayada, garras rojas y pico blanco.
Debido a su canto lastimero, es llamado Jingwei.
Jingwei prometió vengarse del mar, diciendo que lo transformaría en tierra seca.
Por eso, comenzó a recoger pequeñas piedras con el pico, volando desde su hogar hasta el Mar del Este y dejándolas caer sobre las olas irregulares.
El mar le dijo: ¡Pequeño pájaro, desiste! Aunque trabajes durante un millón de años, nunca lograrás transformarme en una llanura desierta.
La rencorosa respuesta de Jingwei fue: Aunque me lleve diez millones de años o cien millones de años, hasta el fin del mundo, procuraré convertirte en tierra seca.
Las hembras descendientes de Jingwei prosiguen en la interminable tarea de buscar piedritas y ramitas para rellenar el mar.
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Los chinos respetan enormemente a este pájaro por su férrea determinación y su fuerza de voluntad.
Se erigieron monumentos en su homenaje y todavía pueden verse en diversos lugares a lo largo de la costa oriental de China.
Cantada en versos, la leyenda se convirtió en sinónimo de idealismo invencible y de arduo empeño.
Nos permitimos enfocar otra faceta de esta ave: el odio que destila. Odio que consume sus días en una venganza inútil.
Aunque sabe que jamás conseguirá alcanzar su objetivo, afirma que morirá intentándolo.
A veces, ¿no es exactamente así como nos comportamos? Heridos en nuestro orgullo o en aquello que llamamos nuestro honor, concentramos nuestras energías en una venganza insensata.
Aunque todo lo que hagamos no alcance a quien consideramos nuestro enemigo, no desistimos.
Incluso cuando el organismo, registrando nuestras vibraciones negativas, da señales alarmantes de enfermedad, persistimos en nuestro propósito.
Sufrimos, lloramos, pero reafirmamos: ¡Muero, pero no me rindo! ¡Llegaré hasta el final!
¿Valdrá la pena? ¿No será más provechoso adherirnos al perdón enseñado por Jesús?
Profundo conocedor de la psiquis humana, terapeuta ejemplar, Él nos recomendó la reconciliación con el adversario.
Sabía Él que la venganza no trae nada positivo y perjudica, en primer lugar y por encima de todo, a quien la promueve.
Pensemos en ello y dejemos que siga en paz quien nos agrede o envenena nuestros días.
Por nuestra parte, vibremos en el bien, por el bien, y disfrutemos de salud y felicidad.
Redacción de Momento Espírita, con base en el cap. 9 del libro
Mensagem de uma mãe chinesa desconhecida, de Xinran,
ed. Companhia das Letras.
Traducido por el Grupo Momento Espírita de Colombia
El 6.10.2026