Momento Espírita
Curitiba, 17 de Outubro de 2026
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ícone Armas invisibles

Al analizar la guerra, los benefactores espirituales establecen, respondiendo a las preguntas humanas, que el hombre es culpable de las crueldades que cometa en ella, y que también se tiene en cuenta el sentimiento de humanidad con el que proceda.

Estipulan que la crueldad es el instinto de destrucción en lo que tiene de peor, puesto que, si algunas veces la destrucción constituye una necesidad, con la crueldad jamás ocurre lo mismo. Ella siempre es resultado de una naturaleza malvada.

Cuando pensamos en crueldad, es común que nuestra mente viaje, casi de inmediato, hacia los desoladores escenarios de los grandes campos de batalla.

Imaginamos las bombas, la crueldad física impuesta al semejante bajo el pretexto de disputas políticas y conquistas territoriales.

Olvidamos que existen otros campos de batalla, silenciosos e invisibles. Éstos se encuentran en lo recóndito de nuestros hogares, en los pasillos de nuestros ambientes de trabajo y en las calles por donde transitamos.

En esos espacios, una forma de crueldad se reviste de ropajes extremadamente sutiles, pero de una letalidad devastadora para el alma inmortal.

Ésta desgarra los tejidos del Espíritu cuando matamos el ideal sagrado que florece en el pecho de nuestro hermano.

Nos volvemos crueles cuando deseamos reducir al otro a la más absoluta insignificancia, robándole la esperanza y apagando el brillo de sus ojos soñadores.

Actuamos cruelmente cuando hacemos sentir a alguien, con la fría hoja de nuestra indiferencia, mostrándole que no es importante. Cuando nuestras actitudes demuestran claramente que su esfuerzo diario, sus luchas invisibles y su propia existencia carecen de cualquier significado.

Decretamos, en el tribunal de nuestro egoísmo, que aquella vida no tiene ningún valor.

Es de una crueldad dolorosa responder con distanciamiento y frialdad a las preguntas de quien nos busca en procura de un rumbo, de una orientación o de un mínimo de atención.

Dejar a alguien hablando solo, relegarlo al vacío de una habitación o a la invisibilidad social, es expresarle todo su desvalor.

El silencio, cuando se utiliza como arma de castigo o de desprecio, es uno de los verdugos más perversos de la humanidad. Ese silencio gélido y calculado tiene el terrible poder de destruir la voluntad de servir de nuestro semejante, sin importar dónde se encuentre.

Al negarle reconocimiento, una sonrisa o la más sencilla de las respuestas, lo asfixiamos emocionalmente.

*

¿Cuántos corazones caminan a nuestro lado, arrastrándose por esos campos de batalla cotidianos, heridos por nuestra brutal indiferencia? ¿Cuántos ideales nobles fueron sepultados prematuramente en la fosa común del desprecio?

Reflexionemos, con honestidad y mansedumbre, sobre las armas invisibles que hemos empuñado en nuestras relaciones afectivas y sociales.

Cristo, nuestro Modelo y Guía, nunca fue indiferente con nadie. Para Él, no había dolor insignificante ni criatura humana invisible.

Que podamos desarmar nuestros corazones. Que hagamos de nuestra presencia un oasis de acogida luminosa, recordando que la mayor y más hermosa victoria que podemos conquistar es el rescate de la dignidad del otro mediante la fuerza inagotable del amor.

Redacción de Momento Espírita, con base
 en El Libro de los Espíritus, parte 3, cap. VI,
preguntas 749 y 752, ed. FEB.
Traducido por el Grupo Momento Espírita de Colombia
El 14.10.2026

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