Momento Espírita
Curitiba, 17 de Outubro de 2026
busca   
no título  |  no texto   
ícone Podemos llorar

En una sesión de terapia, el paciente confiesa su incapacidad para llorar.

Asocia el llanto con la debilidad. Tiene miedo de mostrarse frágil ante las personas.

La respuesta de la terapeuta es de una dulzura extraordinaria, al recordarle que todos somos vulnerables y que esa vulnerabilidad es transformadora.

Cuando lloramos, es como si nuestra emoción abrazara la del otro, haciéndonos más fuertes porque, en el encuentro de esas aguas, nos transformamos en océano.

El llanto es lo que hidrata el alma, mostrando que somos lo suficientemente fuertes para mirar aquello que nos conmueve, reconocer el sentimiento y percibir que lo que nos afecta nos conecta con lo mejor de nosotros mismos.

Esto nos habla un poco del ego engañado, esa tendencia humana a usar máscaras sociales para esconder conflictos internos y aparentar una felicidad que no corresponde a nuestra verdad.

Construimos una fachada de bienestar sobre bases muy inestables y, cuando esa estructura se derrumba, el resultado son angustias reprimidas y una agresividad que transferimos a los demás.

Enmascaramos nuestras inseguridades vigilando rígidamente la conducta ajena o racionalizando en exceso nuestros errores. Ese comportamiento cobra un precio altísimo a nuestra salud.

Como advierte un benefactor espiritual: La salud procede de la armonía mental, orgánica y de la adaptación social.

Constituidos por la energía del Espíritu, cualquier desequilibrio que nos perturbe abre camino a enfermedades en el cuerpo físico.

Esclavos de la mente, transitamos de la prisión a la libertad según la manera en que dirigimos nuestras energías.

La inseguridad genera miedo y ansiedad, que muchas veces confundimos con las ambiciones del ego.

La angustia cultivada es semejante a una espesa carga tóxica que inhalamos lentamente, envenenando el corazón con una tristeza injustificable.

El rencor acumulado se convierte en un verdadero cúmulo de desechos psíquicos que causa profundos daños emocionales.

La vida impone la necesidad de una catarsis liberadora para eliminar las secuelas del fracaso y limpiar nuestra mente. El llanto genuino es esa catarsis natural que hidrata el alma y nos purifica por dentro.

Si deseamos conquistar el verdadero equilibrio, necesitamos tener el valor de abandonar la postura de jueces de la vida ajena y dejar caer nuestras propias defensas.

Solo nos sentimos verdaderamente bien al lado de personas que nos conocen de verdad, lo que exige el valor de permitirnos ser vistos con nuestras fragilidades, errores e imperfecciones.

Por lo tanto, permitámonos quitarnos las máscaras y dejar de lado las armaduras del orgullo.

Lloremos sin miedo cuando nuestra emoción sea sentida. Lloremos de alegría cuando así nos sintamos. Lloremos cuando un recuerdo significativo conmueva nuestros sentimientos. Lloremos de tristeza y permitámonos momentos a solas con nuestras lágrimas.

Evitemos las expresiones: ¡No necesitas llorar! O ¡No llores!, cuando estemos acogiendo el dolor de alguien.

Permitamos que el otro se exprese mediante el llanto y comencemos a percibir cuán saludable y natural es este hábito.

Podemos llorar... Aprendamos de nuestras emociones, de nuestras alegrías y dolores, y reconquistemos la verdadera salud espiritual.

Redacción de Momento Espírita, con base em
 un video de Pamela Magalhães(@psipamela), en el
 cap. 7 del libro
O ser consciente y en el cap. 17 del
 libro
Momentos de saúde, ambos del Espíritu
Joanna de Ângelis, psicografía de Divaldo Pereira Franco,
ed. LEAL.
Traducido por el Grupo Momento Espírita de Colombia
El 16.10.2026

© Copyright - Momento Espírita - 2026 - Todos os direitos reservados - No ar desde 28/03/1998