En un mundo lleno de ruidos, presiones y prisas, es muy común que nos perdamos de nosotros mismos.
Vivimos volcados hacia el exterior, preocupados por mantener las apariencias y satisfacer los caprichos de nuestro ego.
El poeta indio Rabindranath Tagore nos hace una invitación reveladora. Escribe que, en cada individuo, existe un rincón inmaculado, virgen, inexplorado, silencioso y profundo:
En toda criatura permanece un mundo, santo e ignorado, nunca antes penetrado, aguardando, enriquecido de ternura...
Hay, en el abismo de toda alma, una roca, un lugar, una isla, un paraíso, un rincón maravilloso por descubrir...
En todo corazón permanece un espacio abierto para la aurora,
Un campo inmenso por cultivar,
Tierra de Dios, lugar de sueños,
Refugio para el futuro...
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Podemos interpretar ese lugar singular como nuestro self, o nuestro yo profundo.
Una benefactora espiritual nos enseña que la conquista de ese espacio íntimo es la gran meta de nuestra evolución. Sin embargo, hasta alcanzar esa madurez, libramos una guerra constante dentro de nosotros.
Nuestra personalidad consciente está, muchas veces, gobernada por el ego, que es transitorio, caprichoso y dominante.
Suele adornarse con cosas que llaman la atención y busca placeres inmediatos que no sacian el hambre del alma.
Por inseguridad y falta de amor propio, el ego libra luchas internas y reacciona de manera intempestiva para encubrir nuestras propias debilidades.
Sin embargo, la propuesta de la vida es el triunfo del alma sobre la materia.
Esa batalla moral se compara con una lucha en el campo de la conciencia, entre nuestras pocas virtudes y nuestros muchos vicios.
Cada victoria sobre las pasiones primarias es un paso hacia el autodescubrimiento, un verdadero renacimiento psicológico en nuestro caminar terrenal.
La disolución del ego abre camino a la expansión del yo, permitiendo que se manifieste la pureza del Espíritu.
El yo profundo es como el diamante que alcanza la transparencia después de todo un proceso de depuración, en el silencio de su refinamiento molecular, liberándose de la ganga que lo recubre.
Cuando el adulto psicológico logra calmar al niño interior y compartir el amor latente, aprende a silenciar el ego para dejar de juzgar a los demás.
Al fin y al cabo, hay en cada corazón un espacio abierto para la aurora, un campo inmenso por cultivar, que es tierra de Dios y lugar de sueños.
Si todavía nos sentimos lejos de la paz, sumerjámonos en las aguas de esa esencia, elevando nuestros pensamientos al Creador.
Invitemos al Señor de la vida a asumir el reino de nuestro corazón, calmando la ansiedad e iluminando nuestras regiones interiores con las claridades celestiales.
Digamos, con sinceridad: Señor, ayúdanos a ver aquello que el orgullo no nos permite ver. Abre nuestros oídos, ensordecidos por la vanidad, y sensibiliza nuestro corazón.
Que descubramos Tu divina presencia en nosotros y transformemos nuestra vida en un himno de servicio y en una canción perenne de amor.
Toma la fragilidad de nuestros días y fortalécenos en la fe que restaura y en la caridad que edifica.
Redacción de Momento Espírita, con un fragmento del poema
Lugar de amor, del libro Pássaros livres, del Espíritu
Rabindranath Tagore, y con base en el capítulo 12
del libro Autodescobrimento, del Espíritu Joanna de Ângelis,
ambos psicografiados por Divaldo Pereira Franco, ed. LEAL.
Traducido por el Grupo Momento Espírita de Colombia
El 26.10.2026