En el silencio de nuestras reflexiones, una pregunta resuena en el alma: Después de todo, ¿qué Jesús habita en nosotros?
¿Será el Jesús sencillo y acogedor de los Evangelios, o Aquel que hemos construido a lo largo de los siglos, encerrado en doctrinas, instituciones y autoridades religiosas?
Tal vez hayamos complicado demasiado el camino hacia Él. Creamos especialistas para explicarLo, pasamos siglos debatiendo Sus palabras y, casi sin darnos cuenta, generamos la falsa ilusión de que algunos saben llegar a Jesús mejor que otros.
Como si el conocimiento intelectual concediera algún privilegio espiritual.
Pero, cuando observamos la vida del Maestro, no encontramos esas barreras. Jesús conversaba con los pescadores, con los enfermos, con las mujeres, con los extranjeros y con quienes se encontraban al margen de la sociedad.
Para llegar hasta Él, bastaba con acercarse. Una de Sus frases más hermosas es también la más directa y amorosa: Venid a mí todos vosotros que estáis cansados y agobiados.
Él no nos pidió que buscáramos primero a alguien que pudiera explicarLo. No exigió que supiéramos explicar Sus enseñanzas de manera impecable. Simplemente dijo: Venid.
Existe un Jesús anterior a nuestras disputas y denominaciones. Un Jesús que no le pregunta a la persona agotada cuánto sabe sobre religión. Simplemente le ofrece Su abrazo.
Tal vez sea ese el Jesús que necesitamos reencontrar. No Aquel de quien hemos aprendido a hablar con elocuencia, sino Aquel con quien podemos conversar, de corazón a corazón.
Si retiramos de nuestras vidas las instituciones, las etiquetas y todo aquello en lo que decimos creer, ¿qué queda del cristianismo en nosotros? Jesús respondió a esto de manera sencilla: Por sus frutos se conoce el árbol.
Es fácil pertenecer a una denominación, defender una idea, participar en celebraciones y hablar de Cristo. Los frutos, sin embargo, germinan en otro terreno. Aparecen en la manera como tratamos a quienes no piensan como nosotros.
En nuestra facilidad o dificultad para perdonar. En la vanidad que conseguimos contener. En los juicios que evitamos. En la mano que tendemos de manera anónima.
Los frutos aparecen, sobre todo, en aquello que somos cuando estamos lejos de los lugares donde parecemos religiosos.
Tal vez hayamos dedicado demasiado tiempo a preguntarnos quién posee la interpretación correcta de las Escrituras, cuando Él nos dejó un espejo mucho más sencillo en el cual mirarnos: ¿qué produce nuestra presencia en la vida de los demás?
Si nuestra presencia genera acogida, misericordia, paz y esperanza, entonces algo del Evangelio está sucediendo en nosotros.
Si generamos arrogancia, exclusión, resentimiento y juicios, es señal de que necesitamos releer con el corazón aquello que creemos conocer tan bien.
La profundidad de la enseñanza cristiana reside en aquello que conseguimos vivir conforme a lo que Él enseñó.
Sería oportuno preguntarnos: Si nadie supiera cuál es nuestra religión y no pudiera escuchar aquello en lo que decimos creer, ¿lograrían las personas percibir, por nuestra manera de vivir, que el Evangelio ha pasado por nosotros?
Redacción de Momento Espírita, con base en el artículo
O que fizemos com a simplicidade do Evangelho?
de Simão Pedro de Lima.
Traducido por el Grupo Momento Espírita de Colombia
El 29.10.2026