Hace cien años, muchos lo habrían considerado imposible. Otros lo habrían llamado milagro.
¿Nos hemos detenido alguna vez a pensar en la cantidad de comodidades que tenemos a nuestra disposición en el día a día?
Imaginémonos recostados cómodamente en el sofá, después de un día agotador, escuchando la música que elegimos con un solo clic en el celular.
Encendemos una lámpara, enviamos mensajes al otro lado del mundo y ajustamos la temperatura de la habitación.
Si tenemos sed, abrimos el grifo. Si tenemos hambre, encontramos alimentos frescos en el refrigerador y especias de todo el mundo.
Si necesitamos calentar algún alimento, basta con colocarlo durante unos segundos dentro de un aparato que funciona mediante ondas electromagnéticas.
Todo parece tan automático, tan sencillo... casi invisible.
Esta abundancia cotidiana es, en realidad, una galería de conquistas heroicas de la humanidad.
Todo lo que tenemos en nuestro hogar fue alguna vez un lujo reservado a la realeza o una imposibilidad física.
Antes, escuchar música dependía de músicos que tocaran en vivo. Iluminar la casa requería velas y llamas peligrosas.
Perder la visión debido a la edad significaba el fin de la lectura y de la vida productiva, pues no existían los anteojos.
El agua provenía de pozos contaminados que provocaban cólera, y las cirugías se realizaban en medio de una agonía absoluta, sin anestesia.
Cada pequeña comodidad de hoy lleva la firma de Espíritus que lucharon contra la escasez, el dolor y el aislamiento.
Evidentemente, no todos tienen la posibilidad de disfrutar de estas maravillas de la modernidad, porque todavía vivimos en un mundo de profundas desigualdades.
Sin embargo, el punto de vista aquí es otro. Es aquel que nos enseña a vivir el presente para disfrutar de una galería construida gracias a los esfuerzos heroicos de generaciones pasadas.
Nos enseña a cada uno de nosotros, especialmente a los más jóvenes, que llegan y encuentran todo preparado, a recuperar el sentimiento de admiración ante estas comodidades diarias.
A reconocer y honrar ese legado.
Esta evolución no ocurre por casualidad, pues la ley del progreso rige el universo.
Como Espíritus inmortales, tal vez seamos nosotros mismos quienes estamos cosechando lo que sembramos en otras encarnaciones.
Las máquinas y las vacunas son frutos del progreso que encamina al planeta hacia la regeneración.
Dios colocó el remedio junto al mal, actuando en beneficio de nuestra evolución.
No nos permitamos vivir en el automatismo de la indiferencia.
Cuando nos vistamos, tomemos un medicamento o contemplemos fotografías de quienes amamos, hagamos una pausa.
Reconozcamos la mano solícita de millones de hermanos que trabajaron antes que nosotros para que nuestra jornada fuera más llevadera.
Agradezcamos el regalo del ahora, conscientes de que cada minuto de nuestra existencia actual es un préstamo precioso del Creador.
Sobre todo, preguntémonos: ¿Qué vamos a dejar como legado natural para quienes vendrán después de nosotros?
Hagamos de nuestro presente una siembra de amor, convirtiéndonos en colaboradores de la luz, en la promoción del bien común.
Sepamos admirar lo extraordinario que se reviste de cotidiano, pues la gratitud es la alquimia que transforma la codicia en paz y la materia en un bien eterno.
Redacción de Momento Espírita, con base en el ensayo
Ordinary Abundance, de Jordan Dworkin, disponible em
el sitio web: www.ordinary abundance.com
Traducido por el Grupo Momento Espírita de Colombia
El 29.10.2026